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Plagas de la humanidad: CORRUPCIÓN Y PROSTITUCIÓN

La corrupción material que busca el dinero y las riquezas, también va pareja a la prostitución de niños ejercida por quienes renegaron de sus votos de castidad y sirven al Diablo con descaro en los templos de la cristiandad, sin el menor asumo de moral y respeto por lo sacro.

 

 

 

 

 

Antonio Valencia Salazar

Especial

Prostitución y corrupción sin ser sinónimos, se parecen en sus siniestros propósitos. Nacen a tiempo con el hombre, se proyectan destructoras sobre la Humanidad y se pegan a su carne de centurias para propagar el mal en la especie.

Ambas son tan dañinas. Millones de hogares son arrasados por la primera «enfermedad»; niñas y niños van en largas filas a engrosar los prostíbulos; la plaga gusta de un solo alimento: La miseria. Los hogares humildes, campesinos, rinden tributo carnal al monstruo. Los vástagos de uno y otro sexo producen el dinero para la comida, la educación de otros menores, el vestido, las pocas diversiones que les ofrece la vida.

Ambas ya son «viejas» Prostitución y corrupción son «pestes bíblicas»; han perfeccionado su modo de «trabajar». La primera se surte de las gentes pobres; aun cuando también por vicio penetra a la encumbrada sociedad, aquí allá, acullá, en Europa, Asia, Oceanía, los países del Tercer Mundo, tan apetecidos por la pobreza que se engendra desde tiempos inmemoriales. Y produce aquella toda suerte de enfermedades del alma y del cuerpo. Hogares destruidos, promiscuidad, proxenetismo, trata de blancas, comercio de esclavos sexuales, menores de exportación a antros de vicio; y dolencias que afectan la salud, de transmisión humana. «Si no le teme a Dios, témale a la sífilis» canta un estribillo popular. Y en los tiempos que corren el Sida, tan temido y sin cura alguna.

Que son hermanas la prostitución y la corrupción, ya no cabe alguna duda. Hacen su agosto, la primera en vastos segmentos de cualquier sociedad, miserable o rica; la segunda saquea las arcas de la hacienda estatal en la mayoría de los países de la Tierra; ésta tiene sus aliados: «Los gorgojos», funcionarios públicos de alto rango, de encumbradas posiciones que roban, en  solo Colombia, 90 billones de pesos anualmente. Personajes que se ligan a sociedades foráneas para esquilmar a la Patria de los mayores sin la menor vergüenza y contemplación. El afán es llenar los bolsillos y colocar los millonarios excedentes en «los paraísos fiscales» del exterior, islas exóticas, países con bancos cómplices. La corrupción permea las altas esferas del Poder en el Mundo.

Ambas lacras se toman de la mano; la primera sirve de estribo para los placeres de la carne, el vicio del licor y la abundante comida; los automóviles de lujo, las residencias fastuosas, el dinero a manos llenas; los altos cargos del Estado, las Cortes, los Tribunales, la Política. Al influjo de la prostitución y la corrupción también se estremecen los cimientos bíblicos de la iglesia tan cara a nuestros sentimientos íntimos. La pedofilia corrompe asotanadas conciencias. Contra este mal obscuro se dirige ahora la lucha del pastor universal, Papa Francisco.

Y la corrupción material que busca el dinero y las riquezas, también va pareja a la prostitución de niños ejercida por quienes renegaron de sus votos de castidad y sirven al Diablo con descaro en los templos de la cristiandad, sin el menor asumo de moral y respeto por lo sacro.

Volvamos los ojos a Colombia: Ambas «pestes bíblicas» devoran el cuerpo de la Patria. La primera se ingesta con niños de barriadas miserables, niñas que sirven ese miserable comercio en ciudades reputadas de históricas, «patrimonio de la humanidad»; en el mal llamado «turismo sexual», para el cual no existe dique material de la autoridad constituida. El libertinaje es el lábaro de una sociedad corrompida que busca los placeres del cuerpo en cualquier latitud del Orbe. Las cifras sobre prostitución infantil en nuestro País son espeluznantes. Los organismos de protección de la niñez y adolescencia son impotentes frente al monstruo. Las instituciones de seguridad como la policía, son inferiores al empuje del maligno fenómeno social.

Su aliada, la corrupción, hace su agosto con olímpico desdén. No es nueva esta «pandemia» en nuestro medio. Organizaciones internacionales en busca de contratos y obras estatales a realizar, encuentran conciencias débiles a las que llegan con sobornos debilitando el aparato de la autoridad y el orden.

Odebrecht entró a saco roto en Colombia. Exministros, senadores, funcionarios de infraestructura, magistrados de Cortes y Tribunales, jueces y fiscales, políticos y comerciantes con los bienes del gobierno, muchos ya «pararon» con sus huesos en la cárcel. Faltan miles, pero el huidizo fantasma sigue haciendo de las suyas. Los millonarios desfalcos oficiales ponen en tela de juicio a los entes de control y a la Fiscalía General. El mal se ha generalizado. Aliadas de verdad prostitución y corrupción, ponen en jaque los recursos investigativos para presentarles siquiera una batalla con opciones de ganancia. Nos ahogamos en el pantano de la indiferencia frente a estos males nacionales.

Hogares destruidos, promiscuidad, proxenetismo, trata de blancas, comercio de esclavos sexuales, menores de exportación a antros de vicio; y dolencias que afectan la salud, de transmisión humana.

Los corruptos de moda en Colombia.