¡El tiempo jamás se recupera! Es inasible, inmanejable, inmodificable; no da vuelta atrás, no recomienza en un punto determinado para complacer a quienes lo han dejado escapar, sin sacarle provecho.
Jairo Cala Otero
Bucaramanga
Especial para Primicia
El aforismo popular nos enseñó que «el tiempo no se detiene». Y lo aceptamos, claro, no solamente porque se ha masificado, sino porque encarna una indiscutible realidad.
El tiempo es un elemento abstracto e inasible, inmodificable e irrepetible. Nosotros le ponemos nombres y duración (segundos, minutos, horas, días, semanas, meses y años), pero él no se detiene. Avanza de modo implacable y no se inmuta, como sí lo hacemos nosotros ante cualquier cursilería.
Ni siquiera tiene «diplomacia» para mostrarnos todos los días en los espejos, cuánto y cómo hemos cambiado fisonómicamente; es su forma de recordarnos que ya no somos tan jóvenes, como cuando nos consumíamos en muchas actividades (juegos, farras, reuniones, trabajo pesado, etcétera), porque teníamos arrestos y energía para hacerlo.
Pero ¡qué le hace! Estamos todavía plantados sobre la superficie de este descomunal planeta, al que otros millones quisieron llegar, y a quienes nosotros les ganamos la competencia ese día en que coronamos con gloria la meta: los ovarios de mamá, y nos cultivamos en uno de sus óvulos. ¡Qué maravilla! ¿No le parece?
Hay quienes se ponen nerviosos cuando faltan pocos minutos para finalizar un año y va a comenzar uno nuevo. La verdad es que ese cambio es insustancial, no es más que otro convencionalismo humano. El tiempo es el mismo porque es eterno. Él ni se «lleva» nada ni nos «trae» nada; ni viene de ninguna parte, ni se va para ningún insospechado ámbito. El tiempo está ahí y, por ende, es.
Tendremos que ser nosotros, sin arrugarnos y sin quejarnos inútilmente, quienes forjemos lo que nos proponemos o deseamos. Para eso y por eso fuimos escogidos. De no haber sido así cualquiera otro de aquellos competidores en la ruta intravaginal habría llegado a la meta ovárica que nosotros alcanzamos.
Un ejemplo del pobre concepto y de la percepción que se tiene del tiempo son expresiones como: «Voy a recuperar el tiempo perdido»; «Ahora que fulano regresó a la libertad, podrá recuperar el tiempo perdido». Un sueño vano, nada más; porque ¡el tiempo jamás se recupera! Es inasible, inmanejable, inmodificable; no da vuelta atrás, no recomienza en un punto determinado para complacer a quienes lo han dejado escapar, sin sacarle provecho.
Si acaso lo único que se puede hacer, cuando han pasado episodios tortuosos ─ como un secuestro, o una condena a varios años de prisión ─ es ejecutar después todo, aquello que se dejó de hacer. Si se alcanza, claro. Porque tampoco nadie puede «ver» hacia adelante en el tiempo. (Me refiero a los humanos, porque solo la Mente Suprema lo sabe).
Si el tiempo fuera recuperable uno podría volver atrás cuando algún pasaje desagradable le sucediera para enmendarlo, o mejor aún, para evitar esa situación; o podría reprogramar aquellas circunstancias que le deparan dicha y contento, y darse el gusto de disfrutarlas nuevamente.
El valor que el tiempo tiene es inconmensurable. Nada o poco saben de tal valor quienes lo pierden, o se lo hacen perder a otras personas que sí lo valoran. Una cita a la cual se llega tarde, o que se incumple sin dar previo aviso para cancelarla; o un encuentro fallido, sin notificarle a quien espera (una manifestación de respeto humano) son descuidos en materia grave. Primero, porque el tiempo transcurre inevitablemente; y, segundo, porque aquellas otras personas merecen toda consideración y respeto, pues ellas sí le dan el justo valor al tiempo.
No es el tiempo el que pasa, somos nosotros los que pasamos a instancias de él; ayer nacimos, mañana no estaremos. Pero él seguirá como si nada.
¡El tiempo jamás se recupera! Así que aprovéchelo intensamente, segundo a segundo; como si eso que usted hace fuese la última oportunidad que tiene sobre la Tierra. Porque ¡podría hacérsele tarde!
El tiempo es el mismo porque es eterno. Él ni se «lleva» nada ni nos «trae» nada; ni viene de ninguna parte, ni se va para ningún insospechado ámbito. El tiempo está ahí y, por ende, es.
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