Un anciano octogenario conversaba con un muchacho de unos 23 años. Ese día había sentido un extraño impulso interior de platicar con alguien de menos edad que la suya, desfogar sus sentimientos represados ─ que no había tenido oportunidad de sacar.
Jairo Cala Otero
Especial
Sentado en un duro banco del parque, cerca a su casa y cumpliendo un ritual que ya se había convertido en su rutina auto impuesta todas las tardes, un anciano octogenario conversaba con un muchacho de unos 23 años. Ese día había sentido un extraño impulso interior de platicar con alguien de menos edad que la suya, desfogar sus sentimientos represados ─ que no había tenido oportunidad de sacar ─ y hacer recomendaciones para que otros no llevaran una vida agitada e improductiva; aunque a él no lo afanaba el no haber amasado bienes materiales, esos por los que tanto se «desvivían» sus congéneres para, en últimas, terminar abatidos y con una salud demolida.
─ Lo noto cabizbajo y pensativo. ¿Qué lo inquieta, abuelo? ─ le preguntó el chico.
─ Reflexiono sobre las locuras que hice cuando tenía su edad, y las que hice muchos años después; sobre las travesuras que provocaron daño a otros seres humanos y me provocaron daño a mí, aunque yo creía que era inmune a todo; pienso en las oportunidades que desperdicié por creer, tontamente, que para mí estaba reservado lo mejor en el futuro y que yo no tenía que esforzarme para conseguir mis metas…
─ ¿Se siente culpable frente a la vida? ─ lo interrumpió el joven.
─ Culpable es poco, joven. Fui un irresponsable resabiado: conmigo y con los demás. Estuve «dormido» mucho tiempo, y no escuché consejos de nadie; ni siquiera de mis padres, que tanto se afanaban porque yo creciera en medio de sanas costumbres; porque fuese útil a la sociedad y trazara mi futuro brillante, sin sobresaltos y lleno de satisfacciones…
─ Pero ya es tarde para lamentarse de lo que pudo haber hecho y no hizo. ¿No cree que se causa más daño devolviendo su pensamiento al pasado, que hoy es irreversible?
─ Sí, lo sé. Pero esta es, precisamente, mi condena; la pago antes de que este cuerpo, ya marchito por el paso irremediable del tiempo, apague la tímida luz de vida que le queda. Porque modificar algo, ya no puedo; eso es claro. Pero por lo menos quiero dejar que mi pensamiento salga de este caparazón de carne, huesos, nervios y sangre; que lo conozcan los jóvenes, como usted, para que modifiquen sus criterios y actitudes antes de que sea tarde también para ellos.
─ ¿Qué es lo que quiere transmitirles a las nuevas generaciones, abuelo?
─ Ahora que estoy viejo, me atormenta no haber aprendido a refrenar mis pasiones; no haber tenido entereza para pensar en las consecuencias de tantos abusos cometidos con este cuerpo, que hoy podría tener un presente saludable; me pesa haberme creído intocable, poderoso e inmune a la ley de causa y efecto; nunca pensé inteligentemente antes de emprender alguna acción, y todas ellas casi siempre lastimaban a otros y me lastimaban a mí. Pero yo era un muchacho torpe, no entendía ni escuchaba las alertas de mis viejos… Ahora que estoy viejo, ¡cuánto lamento no haberlos escuchado, tenían tanta razón! Pero yo apenas rebuznaba sobre sus rostros, y lanzaba escupitajos sobre sus sabias palabras.
El joven no pudo ocultar el estremecimiento interior que esas palabras del viejo le provocaban. Era un chico de buenos principios, tenía unos padres buenos, respetuosos de todo y de todos, y era sensato en cada proceder.
─ No se castigue más, abuelo. No se autocensure por lo que ya no se puede cambiar. ¿Por qué no piensa en aquello que hizo bien?
─ Si pudiera, muchacho, lo haría. Todo lo que hice fue malo. Por eso, ahora que estoy viejo quiero que los jóvenes despierten, que investiguen bien por qué y para qué están plantados en este planeta; que se pregunten qué actos buenos pueden hacer por otros que viven desvalidos y que lo hagan sin reservas; ya verán cómo el poder de Dios los compensará amorosamente. Lo supe demasiado tarde, pero es así. Que disfruten su vida sin excesos, que tengan claro que todos vinimos a la Tierra a encender luz para nuestro espíritu, no a apagarlo con la oscuridad de la ignorancia con cada pensamiento, con cada palabra y con cada acción; y tampoco vinimos a apagar la luz de los demás.
El joven lo miraba con inocultable tristeza en sus ojos. Aquel acto de contricción de ese anciano lo conmovía, y lo hacía recordar a su abuelo paterno, que, contrario a este, había sido un santo varón y un caballero a carta cabal; y que, antes de fallecer, le había hecho advertencias preclaras como las que ahora ese abuelo solitario y arrepentido hacía para todos aquellos que las quisieran escuchar, aunque ya él no tenía auditorio.
─ Hijo, hágale un favor a la humanidad ─ le pidió, mientras clavaba, con extrema tristeza, sus ojos en los del muchacho ─. Válgase de algún medio colectivo para hacer conocer mi pensamiento y mi pesar por mis torcidos actos. Diga que son de un viejo que en su juventud fue el más necio de todos; que violó todas las normas de comportamiento; que lastimó el amor propio de los demás; que no respetó ni siquiera a sus propios progenitores y que creyó que había nacido para rumbear constantemente, llevar una vida de haragán y pasar por encima de toda regla social. Ah, y cuente que no me queda más camino que venir diariamente a este banco de cemento ─ que lastima mis enjutas nalgas ─ a rumiar mi arrepentimiento tardío; y a esperar a que en cualquier momento «la huesuda» se deleite zampándome el zarpazo letal que tan bien sabe ejecutar cuando el tiempo se ha cumplido. ¡Qué zozobra más penetrante en el alma, joven, es esperar la muerte! Ya no me queda más que hacer, porque lo que pude haber hecho fructíferamente lo desprecié; escupí sobre cada minuto en que mi corazón palpitaba con fuerza, pero yo creía que era de alegría y por el derroche de desorden que siempre practiqué. Yo que…
El abuelo interrumpió súbitamente su discurso, y se llevó, afanoso, su mano derecha al costado izquierdo. El joven se hincó ante el anciano, un tanto preocupado por el sorpresivo desvanecimiento de su contertulio. Le preguntó qué sentía. Apenas si lo miró a sus ojos. Y dos grandes lágrimas le brotaron de los suyos, al tiempo que se desgonzaba hacia un lado, con la mirada puesta en el firmamento.
─ Abuelo, ¿qué le pasa? ¿Me escucha? ¡Levántese, usted no puede irse todavía! Aún le queda una oportunidad, ¡nunca es tarde para cambiar de actitud! ¡Abuelo… abuelo…!
¡Nunca es tarde para cambiar de actitud!
Los ancianos son la sabiduría de un pueblo
Los viejos tienen la sabiduría y los jóvenes la audacia. En Colombia estamos lejos de implementar estos dos sectores para el progreso y desarrollo