Triste y lamentable que Bogotá, la capital de la República de Colombia, colapse por un simple aguacero, como viene sucediendo con frecuencia. El caos es total. Los trancones son eternos. Los huecos de las calles ocasionan accidentes y destruyen los vehículos, y los petones están acorralados entre un mar de motociclistas y automovilistas, que registran un alto nivel de estrés, el cual desemboca en enfrentamientos con lamentables consecuencias.
Es insólito que 10 millones de personas, que habitamos la ciudad de Bogotá, tengamos que soportar la indolencia de los gobernantes, que viven encerrados en una burbuja en el Palacio de Liévano, a espaldas de los gobernados. La situación cada día se torna más difícil, y desde ya se prevé una tragedia de grandes consecuencias como resultado del mal manejo de la movilidad.
¿Cómo es posible que quienes pagamos impuestos tengamos que vivir un infierno en las calles de Bogotá? La inseguridad, la falta de espacio público, la intransitabilidad y toda clase de obstáculos han hecho que mucha gente prefiera emigrar para otras regiones a buscar un mejor nivel de vida.
¿Hasta cuándo tendremos que soportar esta situación, que nos tiene con los nervios de punta? Sobre todo, ¿quién responde por los perjuicios que se ocasionan a infinidad de ciudadanos? Unos pierden negocios, compromisos, vueltos, citas y mucho más por los trancones que se registran a lo largo y ancho de la capital. El servicio de Transmilenio, que en una época fue efectivo para Bogotá, ahora tiene la misma dinámica que le ha implantado el Gobierno Distrital. Es un servicio pésimo, por no decir horroroso, donde se violan los mínimos derechos humanos. Los usuarios son empacados como sardinas en lata. Las estaciones se han convertido en corrales. El tráfico es lento. Los semáforos de las troncales no están sincronizados, y en cada esquina hay que hacer el respectivo pare. Sin contar los pasos peatonales, donde deberían haberse construido puentes que permitan mayor seguridad para la ciudadanía.
Vamos de mal en peor, y lo más triste es observar cómo nuestras autoridades tienen como prioridad sus intereses personales, políticos, económicos y familiares, mientras que la ciudadanía, como siempre, está «llevando del bulto».
Es hora de que los habitantes de Bogotá exijamos a quienes nos quieren gobernar «a las patadas» mayores y serios compromisos, y soluciones inmediatas para el caos que se vive en todos los órdenes. ¡No más politiqueros como alcaldes! Es hora de buscar un administrador que ponga en orden la casa, y que Bogotá rescate su grandeza como ciudad organizada; y, sobre todo, garantizar un buen nivel de vida. Bogotá debe ser rescatada por todos y cerrar la página lamentable que nos tiene padeciendo. Es hora de decir: ¡basta ya!
