Opinión

LA HORA DE LA VERDAD

procuradorAnte el clamor mayoritario de reconciliar a la nación surge la necesidad de neutralizar protagonismos y resentimientos enfermizos para lograr acuerdos en torno a un pacto que cohesione a la nación, inspirado en un nutrido despliegue de principios y valores políticos e históricos que permita concretar con equidad y justicia

 

Álvaro Jesús Urbano Rojas

Popayán

Primicia Diario

Es definitiva la participación de la oposición en el proceso de paz, pues se trata de vigilar de cerca un proceso de negociación entre actores con poder, aunque no equiparables. No se negocia  la desmovilización de grupos guerrilleros sitiados, sin medios ni fines, ni de imponer las condiciones de la rendición a un enemigo derrotado. Se trata de negociar un conflicto entre el Estado y los sectores dirigentes de la sociedad, por un lado, y las organizaciones insurgentes que pretenden disputar este poder, por el otro.

Ante el clamor mayoritario de reconciliar a la nación surge la necesidad de neutralizar protagonismos y resentimientos enfermizos para lograr acuerdos en torno a un pacto que cohesione a la nación, inspirado en un nutrido despliegue de principios y valores políticos e históricos que permita concretar con equidad y justicia las condiciones  de desmovilización de los alzados en armas y su posterior reinserción en la vida civil.

Un acuerdo que recupere  el respeto a la ley, la confianza en las instituciones, con una justicia confiable e impoluta que ayude a edificar un Estado Nación que erradique la corrupción y ante todo la pobreza, que respete los derechos de las minorías con honesta voluntad política, verdad y reparación Integral que acrecenté las posibilidades de  concretar salidas exitosas, decorosas y dignas, que contenga soluciones para afrontar el  posconflicto y neutralizar todas las aristas de los tenebrosos  tentáculos de la guerra.

Ha sido definitiva la participación la sociedad civil, pues la sinergia del proceso evidencia que son sus estamentos quienes tienen la capacidad para determinar  hasta dónde está dispuesta a ceder en cada uno de los temas de discusión. Por supuesto, el gobierno del presidente Santos debe estar francamente dispuesto a afrontar la responsabilidad política para plantear la minuta del nuevo “Contrato Social”, con expresión normativa en una reforma Constitucional, o como desarrollo  legal  de los preceptos democráticos de la Constitución actual.

No le hace bien a la patria las especulaciones de voceros  con alarde de diplomáticos que  le mientan al país  con la pérfida intención de manipular a la comunidad nacional e internacional, alegando sus derechos de grupo beligerante, que se apresuran a desmentir las informaciones y denuncias de los medios de comunicación cuando no conviene a sus intereses.  Ni tampoco la infame trapisonda  y cobardía de guerreristas anónimos, mercaderes de la muerte que a través de toda esta guerra sin cuartel, han sabido dirigir sagazmente la lucha sangrienta y la fría manipulación de sus oficiosidades, beneficiándose y enriqueciéndose con el tráfico de armas y estupefacientes, usando con frialdad milicias asesinas, sin dar jamás la cara ni aventurarse a correr al azar del  peligro. Caudillos del terror  que amordazan las conciencias y libertades de sus reclutas incautos, quienes para evitar su amotinamiento  y deserciones, usan la amenaza de  fusilamientos  y retaliaciones que rebasan los límites más inconcebibles. Ni tampoco la perfidia de actores políticos que le apuestan al fracaso del proceso para consolidar aspiraciones políticas.

Para avanzar en las negociaciones es necesario acatar principios rectores que dinamicen el acuerdo: respeto mutuo, franqueza y el compromiso indeclinable de no suspender el proceso de negociación mientras no se llegue a un acuerdo integral, sean cuales fueren los obstáculos que se presenten y por sobre todo el acatamiento pleno al arbitraje de la comunidad de naciones que contribuyen al proceso negociador como depositarios y garantes de los acuerdos.

Si el proceso fracasa no quedará más remedio que idear acciones para cortar esa oprobiosa sangría que ha  dilapidado la sangre joven de nuestra asolada Colombia; si no es posible terminar la guerra,  hay que  optar por la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente y un alto tribunal de honor para castigar con mano firme, con puño cerrado, enérgico y patriótico  a los abanderados de la infamia que  pretenden seguir enlutando los hogares de la patria desestimando este esfuerzo para alcanzar la paz.