Opinión

LA DIGNIFICACIÓN DE LA POLÍTICA

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Álvaro Jesús Urbano Rojas

Columnista

Primicia Diario

 

La Política se ha desnaturalizado, su ejercicio ha quedado al arbitrio de actores inescrupulosos, audaces, manipuladores y corruptos, al amparo de mafias y empresas electorales que la ejercen en beneficio particular más no social; incurriendo en una burda degeneración del concepto,  lo que se enmarca mejor en el término despectivo de “Politiquería”. La política es considerada por Aristóteles la suprema ciencia práctica, encargada de culminar las grandes aspiraciones humanas. Por ello, en un momento de descrédito de la política hay que reivindicar su ejercicio y recuperar sus dominios para la gente de bien.

 

El ciudadano como ente social, es político,  la sociedad así lo requiere,  hay que recuperar los partidos políticos del dominio de los politiqueros que han desprestigiado su ejercicio apoderándose de la dirigencia, siendo un deber inclaudicable recuperar esos espacios para dignificar la democracia.

 

La “politiquería”  es la habilidad de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados; convirtiendo a los  burócratas en instrumentos de defraudación social, en mamparras protervas que sirven para obtener  financiación de los ricos y el voto de los pobres,  con el torcido pretexto de servirse del poder para llenar sus bolsillos y caudales. Cuanto más siniestros son los deseos del politiquero, más elocuente, rimbombante y enredador se vuelve su  discurso populista, desprovisto de principios morales, éticos y sin contenido programático.

 

Los partidos políticos en Colombia carecen de ideología, filosofía y credibilidad, son estructuras amorfas   que ostentan como tabla de salvación el monopolio del otorgamiento de  avales, en un círculo pernicioso donde siempre están los mismos con las mismas. El oficio del político  es reglado, cerrado, excluyente de difícil acceso, por la disposición normativa e incontrolable  influjo de recursos de dudosa procedencia que financian campañas e imponen candidatos, con actores  vitalicios e imposiciones nepotistas de padres a hijos, de hermanos a hermanas, con una puerta rotatorio donde se nombran familiares y amigos a cambio de similares contraprestaciones; sustentados en leyes y reglamentaciones aprobadas por los dueños del poder. Los dignatarios deberían ser ciudadanos con vocación que al cumplir su mandato  se reintegren a sus actividades profesionales como ciudadanos del común, la perpetuidad y cooptación en las altas dignidades del Estado dispara los niveles  de corrupción.

 

En política hay que dignificar las acciones del gobierno y de la oposición, cuyo rol lo dominan elites que se alternan o disputan por periodos el ejercicio del gobierno,  cuando son oposición, critican y se deleitan como buitres de las desgracias del pueblo, hasta prometen lo imposible; cuando triunfan, justifican su propia torpeza haciendo responsable a su estructura burocrática decadente e inepta, donde las propuestas fallidas se sirven aderezadas con una buena ración de retórica que disfrazan los fines protervos de delincuentes de cuello blanco, en un rampante desequilibrio de esfuerzos,  donde se cargan los sacrificios tributarios, generación de empleo y crecimiento económico a la clase media y sectores productivos, al  pueblo  se lo engolosina con subsidios y prebendas,  mientras se defienden los intereses mezquinos de  las elites  que  ejercen a su arbitrio y conveniencia el imperio burocrático y contractual de la estructura político administrativa del Estado.