Jeisson Romero Infante
Columnista
Primicia Diario
El aumento exponencial de la contaminación del aire, el suelo y las aguas, todos de vital importancia para la supervivencia, no solo de nuestra especie, sino de las demás con las que compartimos y cohabitamos en eso que llamamos “Planeta Tierra”, se encuentra bajo amenaza. El acelerado crecimiento demográfico de los últimos años, la explotación desmedida de los recursos naturales no renovables y el olvido al que tenemos relegado el medio ambiente, hace que sea urgente la protección de la naturaleza.
Bogotá es una ciudad verde y roja y gris, en donde podemos encontrar desde reservas naturales, humedales y bosques nativos hasta una selva, de cemento. Bajo ésta gran urbe corren millones de litros de agua, de sangre, la sangre de la ciudad; esa sangre que con el desmedido y desordenado crecimiento nos hemos encargado de ensuciarla, de dañarla. Una de las arterias por donde corre aquel líquido, lleva por nombre el mismo del de la ciudad que diariamente nos acoge, nos abraza y la olvidamos. El Río Bogotá es la imagen viva de cómo, nosotros sus hijos, le hemos pagado a ésta ciudad que nos ha adoptado con el calor y el amor de cualquier madre.
En el año 2000, con la entrada en funcionamiento de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) de El Salitre, se comenzó una labor por salvar de ése camino de no retorno a la imagen de nuestra retribución a quién nos acogió para crecer, para estudiar, para trabajar, para enamorarnos. La labor ha sido titánica, nada fácil pero de admirar, como todo.
La Corporación Autónoma Regional (CAR) en el documento “Adecuación Hidráulica y Recuperación Ambiental del Río Bogotá” del año 2012, busca, entre otras, la ampliación de la planta de la PTAR Salitre. Hasta ahí todo parecería normal, si no fuera por “la casualidad” de que esas obras habrán de realizarse sobre el humedal El Cortijo, sobre una fuente de vida. Tal y como lo denunció en su columna Javier Ramírez Cárdenas en Las2Orillas[1], el impacto de la mencionada ampliación será desproporcionadamente negativo.
La importancia de los humedales dentro de un ecosistema es variopinta, por ejemplo, son reguladores del ciclo hídrico, mejoran la calidad del aire que respiramos, sirve como refugio a las más diversas especies de aves y son un perfecto plan para encontrarnos con la naturaleza. Pero ahí no para el asunto, existen voces que desde la CAR, el Acueducto de Bogotá y la población vecina al humedal El Cortijo que dicen que, en retribución, por el “posible” impacto se construirá un parque. Cual si fuera un Dios, se levantará dentro de los mortales un funcionario y al séptimo día, pondrá rodaderos y pintará unas llantas, de esas que pululan en toda la ciudad, pondrá columpios y sube y baja y árboles por aquí y pájaros por allá. Con eso se enmendará el “posible” impacto negativo de las obras.
En éste realismo mágico con el que debemos diariamente coexistir, con todo lo que es y tiene Bogotá, con esa madre adoptiva que nos abraza, que nos abriga con su cálida sonrisa, con su cultura, con sus bibliotecas, sus teatros, sus restaurantes y sus parques; esta ciudad que a veces llora hasta inundarse, por nosotros, por nuestro olvido. Que por más desesperanzador que parezca el escenario, esa madre, Bogotá nos vuelve a acobijar en sus brazos, en sus días para quitarnos de nuestras manos la espada, esa espada de la indiferencia con la que nos pensamos suicidar, porque al final, todos somos Bogotá.
PATA: Sea éste el momento para honrar la memoria y agradecer la obra de ese gran ser humano, jurista, librepensador y profesor como pocos, paz en la tumba de Carlos Gaviria Díaz.
