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Nota editorial: LA CLOACA

NOTICAEDITORIAL                                                                               LA CLOACA

La corrupción tiene carcomida a la Justicia colombiana en todos los ámbitos. La crisis ha sobrepasado los límites del asombro. La expresión de moda es: «la Justicia tocó fondo», y es una simple sentencia popular que todos los días sobrepasa los hechos delincuenciales, mafiosos, extorsivos y hasta criminales.

Es impresionante saber cómo a diario se destapan hechos que ni siquiera cometieron las mafias del crimen en Italia, pero sí los representantes de la «Justicia» en Colombia, donde se volvieron «normales» (¿?) la negociación de las investigaciones, los fallos, las tutelas, las sentencias y toda clase de decisiones judiciales.

Si se repasa la clase de elementos que conforman las llamadas altas Cortes, encontramos gente mediocre en la jurisprudencia, pero avezada como lagarta; y manzanillos que logran quedarse con las magistraturas, de donde empiezan su «intensa labor» para enriquecerse de la noche a la mañana, sin que les importen las consecuencias que puedan sufrir el país y sus gentes.

Ya se conoce en medios judiciales que todo tiene precio. Los famosos «sorteos de tutela» tienen un valor superior a cincuenta millones de pesos; los diferentes procesos se tasan en increíbles cifras multimillonarias, según se comenta en los cafés, restaurantes, discotecas y otros sitios públicos por los abogados. Ellos conocen bien ese medio.

La situación de la Justicia en Colombia es una vergüenza en el mundo. La fama ha trascendido a todo el planeta, y desde allá nos califican como escorias, a consecuencia del negocio implantado de compra y venta de conciencias, además de la entrega de fallos a los mejores postores. Todo en una vergonzos impunidad.

Todos los escándalos que estallan duran unos cuantos días. Se anuncian «exhaustivas investigaciones», y que . Colombia todo «el peso de la ley» caerá sobre los culpables, pero, al final, ¡nada de nada! Todo queda olvidado con el escándalo que acaba de estallar, y los criminales quedan campantes; siguen negociando todos los procedimientos judiciales. Pero lo más triste e indignante son los organismos de control, que están totalmente corroídos por la corrupción; ellos absuelven a quienes pagan, y condenan, en muchos casos, a quienes no han accedido a la extorsión.

En consecuencia, para los especialistas en el crimen, que viven incrustados en el poder judicial, nunca hay un castigo; por el contrario, siempre son destacados como los más impolutos y honestos ciudadanos.

Los criminales terminamos siendo los ciudadanos de a pie. Pero si en las altas Cortes llueve, en los otros despachos judiciales tampoco escampa. Esos escándalos y actos de corrupción son ignorados alegremente, por cuanto, según la costumbre de las mafias, que se ha tomado el Estado, son de menor cuantía frente a los que manejan los «padres de la Justicia» desde el palacio donde fueron sacrificados varios magistrados, que le demostraron al país que eran estudiosos de la jurisprudencia, y no vulgares negociantes de sentencias jurídicas, como es buena parte de los encargados de impartir la «justicia» en nuestro territorio.

Colombia requiere de inmediato un cambio estructural de la Justicia. No podemos seguir siendo un país donde la injusticia reina, la corrupción se volvió norma de vida y la cultura mafiosa se haya incrustado en toda la sociedad. Es hora de tomar las medidas correctivas del caso. Por ejemplo, una revocatoria general en el poder judicial y la designación de magistrados en concordancia con sus conocimientos judiciales; con su honradez y su conducta sin tacha alguna para garantizar que se recuperará la Justicia, que, desafortunadamente, se convirtió en una cloaca: ’lugar sucio y con mal olor’.