En plena pandemia las empresas de servicios públicos no perdonan las deudas. La gente se arriesga al contagio porque esas empresas sin ninguna consideración suspenden los servicios con la complicidad del gobierno.
Pedro Fuquen
Las cifras de la pandemia comienzan a llegar a estadísticas impresionantes, con el agravante de que cada día los contagios aumentan, causando alarma en los sistemas de salud y complicando cada vez más el manejo del tema.
La Covid-19 se extiende porque la gente sale sin ninguna protección: tapabocas, guantes, gorros y gafas.
Además de salir a realizar sus operaciones de pago de recibos en los bancos y a comprar mercado para la subsistencia, van a los parques y han comenzado a llegar a los centros comerciales.
Pero, ¿por qué no hacemos caso?, tal vez porque desde pequeños los padres, bueno, algunos, enseñaron a sus hijos a no dejarse de nadie y crecieron con la convicción de que ninguna persona, incluyendo a las autoridades, los pueden mandar.
También hay otros aspectos que confluyen, como la falta de creer en los riesgos del momento. Estamos convencidos de que eso le sucede a los demás, pero no a nosotros, hasta que nos llega.
Sin embargo, hay que considerar las necesidades de parejas que viven solas o personas sin compañía, que tienen que solucionar, por su cuenta, sus necesidades domésticas.
Nos parece una hazaña, lograr salir a la calle sin que ninguna autoridad nos lo impida y eso nos hace héroes. El daño es para nosotros mismos que nos contaminamos y contagiamos a los demás.
Nos hemos dejado llevar por el miedo y el pánico, entonces queremos salir, pero debemos entender que nos vamos a encontrar en la calle con personas que se han cuidado y otros que no han tenido la precaución de mantener la higiene y medidas sanitarias que exige el momento.
Tenemos ejemplos muy fuertes, los españoles, los italianos y los norteamericanos que han continuado su vida normal, sin tener en cuenta que la pandemia viaja en el aire y en las aguas a velocidades impresionantes.
¿Por qué no hacemos caso?: porque somos irresponsables, porque hacemos lo que nos da la gana, porque nos creemos invencibles, porque somos rebeldes y, algunos ignorantes, tienen una percepción propia del virus.
Algunos porque están desesperados en casa, porque no medimos las consecuencias, otros porque llevan una vida desordenada o, sencillamente, porque no medimos las consecuencias.
Mucha gente porque quiere rumba y vida social y no soporta la imposibilidad de salir a comer en restaurantes, de ir por unas copas a los bares o bailar en una discoteca.
No entendemos que la vida social es imposible por ahora, ya que no habrá cines, espectáculos, fútbol y ninguna otra actividad que implique aglomeraciones de personas.
Los conciertos no los veremos por ahora y estamos a la espera de qué hace el resto del mundo, pero lo primero que tenemos que hacer es caso y entender que las medidas constituyen el fruto de estudios científicos y médicos sobre cómo protegernos y evitar las muertes que han afectado a otros países como consecuencia de la pandemia.
No tenemos muchas alternativas. Como personas educadas, hagamos caso, quedémonos en casa para evitar el contagio acelerado que se desarrolla por la cercanía de otras personas.
Los ejemplos de algunos barrios de Bogotá, son muy duros, por qué tenemos comunidades enteras afectadas por los contagios, por la indisciplina, por las fiestas clandestinas, por las reuniones en las casas. Eso no solo afecta a los irresponsables, sino a todos los que están cerca.
Por ahora, se acaban los abrazos y los besos que se convirtieron en manifestaciones peligrosas que debemos evitar.
