Lina Uribe y el escritor Eduardo Gómez.
Eduardo Gómez
Escritor y periodista Payanés
En su comunicado, referido a la prisión domiciliaria que determinó la Corte Suprema de Justicia para su esposo, Ud. dice que los cinco magistrados de la Sala de Instrucción (quienes, por cierto, fallaron unánimemente), se dejaron llevar por el clima de opinión, ahora desfavorable a Uribe. Su afirmación es, por decir lo menos, una desconsideración con tan experimentados y acuciosos juristas. Por otra parte, ¿conoce Ud. el fallo en su integridad? Un documento lleno de pruebas, indicios y consideraciones que es más extenso que el que debió expedirse a propósito del holocausto del Palacio de Justicia…
Recientemente, otra alta Corte expidió un fallo favorable a las pretensiones de otro político colombiano, tan cercano a esposo que lo apodan «Uribito», y los frecuentes vociferantes del partido fundado por Álvaro Uribe, no hablaron entonces de magistrados manipulables, influenciados políticamente. Así, tenemos que las instituciones de justicia, cuando favorecen a determinado bando, son sublimes y si no, despreciables, deleznables…
Por otra parte, si la justicia es defectuosa, alguien que tuvo dos periodos presidenciales y que puso luego a dos presidentes más (en el segundo periodo, Santos ya se le había emancipado), alguien que ha gravitado casi 20 años sobre todas las ramas del poder público en Colombia como su esposo, ¿no estuvo en mejores condiciones que nadie para enderezar la justicia?
¡No puede uno habitar un ámbito dos décadas seguidas y decir luego: qué mal huele!
Refiere en su carta que en su familia están atravesando el dolor. No hay nada más respetable y más digno de consideración que esto. ¡Qué bueno que no hubiera ocurrido!, así como también hubiera sido de desear que miles de madres de Soacha y de otras partes, no hubieran tenido que atravesar el dolor que les tocó y les toca por concepto de esos crímenes de Estado mal llamados «falsos positivos», consistentes en que sus jóvenes hijos, sin preparación ni oportunidades, fueron llevados con el señuelo de conseguir un trabajo, al paredón, para que luego vistieran sus despojos con uniformes guerrilleros y armaran sus manos yertas con fusiles. Esas bajas contabilizarían para recompensas, ascensos y permisos y para mejorar las cifras oficiales de derrota de la subversión.
Subversión, por cierto, a favor de la cual nada bueno se pretende decir en este escrito: basta con atenerse a los anticipos que se han ido anunciando de lo que será el Informe de la Comisión de la verdad.
Es verdad que la medida judicial que le tocó a su esposo –y él seguirá gozando de todas las garantías procesales, las que hubieran querido tener tantas personas condenadas careciendo de una defensa que de verdad valiera la pena-, la medida judicial que le tocó a su esposo, tal vez resulta novedosa porque hubo antes muchas impunidades, faltas de juicio, como en el caso de uno de los presidentes que fueron electos con financiación de la mafia… Ese también ha debido ser juzgado. ¡Pobres países aquellos en que los veredictos los tienen que dar solo la opinión pública y la historia; en los que la gente sabe, de antemano y desde siempre, que los delitos de los poderosos equivalen a impunidad!
En su comunicado hay varias citas cultas; le propongo una más: busque en los anales del Senado de 1823 el juicio que le hicieron a Nariño (de la Casa de Nariño, Ud. y su familia fueron inquilinos ocho años). Don Antonio, el precursor, se defendió admirablemente y dijo que no le importaban los cargos estrambóticos que se le hicieron –lo acusaban, políticos, no juristas-, porque él tenía cómo defenderse, y en perspectiva histórica dijo que estaría mal que en el Parlamento no se diera pie a juicios, porque eso sería sinónimo de impunidad y alentaría a los más obligados a comportarse ejemplarmente, a delinquir. Dicho y hecho: la Comisión de acusación de la Cámara de Representantes es donde encallan, para siempre, cientos de acusaciones contra aforados.
Se duele Ud. de que hay una narrativa de odio que alcanza a las nuevas generaciones. Por el contrario, muchos vemos en los jóvenes gentes sensatas, ponderadas, enamoradas de la vida y de la verdad histórica que buscan esta última con interés y creatividad, pese a planes de estudio que no son inocentes, en los que se negó el conocimiento de la realidad y de sus raíces para que todos fuéramos más fácilmente clientes de la propaganda, del cuento de los buenos contra los malos en el que los buenos, ¡oh sorpresa!, siempre son los privilegiados indolentes, y los malos, las inmensas mayorías sin recursos, sin formación, oportunidades ni contactos, que tienen que buscarse la vida por las orillas, en silencio, temerosos y perpetuamente insatisfechos. ¿Estas gentes tendrían, además, la obligación de sonreírles y celebrarles las gracias y la ostentación vana y cínica a los primeros?
Siguiendo con el tema de la narrativa de odio que alcanza a las nuevas generaciones, de la que Ud. habla, tendríamos que convenir, al hilo de lo recientemente dicho, que hay también jóvenes privilegiados que proclaman una narrativa de ostentación vana y cínica: no hace mucho, cuando a sus industriosos hijos se los cuestionó por las pingües ganancias derivadas de negocios en los que jugaron disponiendo de antemano de las cartas ganadoras, dijeron que ellos también tenían derecho al éxito. Se supo que compraron baratos unos terrenos a sabiendas de que se valorizarían extraordinariamente porque enseguida se construiría una zona franca: gozaron de información privilegiada, nadie podía competirles en ese campo. ¡Atribuirse derecho al éxito, unos jóvenes privilegiados desde antes de nacer, en un país en que la inmensa mayoría de los jóvenes carecen de lo que ya dijimos (recursos, formación, oportunidades y contactos) o que, por la combinación de los factores antes mencionados, en una cotidianidad tan peligrosa como la colombiana, simplemente no tienen derecho a la vida!
Se pregunta Ud. finalmente si algún día surgirá en este país el amor: seguramente sí, pero será obra de las gentes habituadas a hacer de tripas corazón, en ningún caso de élites acostumbradas a ganar, y que cuando no ganan, arrebatan, calumnian, confunden, descalifican al juez: todo menos reconocer la enorme parte de culpa en el «terrible fuego febril que enciende el cielo vespertino», para terminar citándola, señora de Uribe.