El Pueblo y sus Falsos Líderes.
Primicia Diario
Cuando se habla acerca de la desigualdad, muchas veces nos centramos únicamente en lo económico: las situaciones en las que una minoría ostenta el dinero suficiente como para controlar muchos de los aspectos de la vida del resto de las personas.
Es cierto que tiene sentido poner el foco en la acumulación material de bienes y de dinero, porque hoy en día disponer de un elevado nivel de rentas explica muchas cosas. Sin embargo, no hay que perder de vista que hay otras formas de desigualdad que van más allá de nuestra capacidad económica, y que se plasma en los fenómenos culturales y la capacidad para condicionar el comportamiento de los demás. El culto a la personalidad, o culto a la persona, es un claro ejemplo de esto, y en este artículo veremos en qué consiste.
¿Qué es el culto a la personalidad?
El culto a la personalidad es un fenómeno masivo de seguidismo, adulación y obediencia constante a un individuo que se ha erigido líder de un movimiento o estamento determinado, normalmente extendiéndose este al ámbito de un país entero, como mínimo.
El culto a la persona se caracteriza por la actitud acrítica de quienes siguen al líder, y por el comportamiento sectario y hostil frente a quienes no obedecen, así como por las actividades ritualizadas y el uso de simbología e iconos que recuerdan al líder, de un modo similar a lo que ocurre con los símbolos en el caso de las religiones organizadas propias de las sociedades no nómadas.
Estas son las principales características del culto a la personalidad, y que sirven para distinguirlo de otros medios de influencia desde el liderazgo.
El líder que es alabado por las masas le pone cara a algo mucho más abstracto, un movimiento colectivo que necesita de iconos para representar su unidad y defenderla de forma fácil e intuitiva. En este sentido, esta clase de caudillos tienen una función similar a la de los reyes, aunque a diferencia de estos disponen de más medios para hacerse conocidos ante los ojos de millones de personas: fotografías, televisión, Internet, radio, etc.. Los propietarios de los medios de comunicación están al servicio de estos falsos líderes a cambio de dinero y contratos.
Permite filtrar intereses de las élites en la agenda pública
Como el líder pasa a representar al pueblo, este puede imponer sus propias ideas (o los de la minoría que le ayudan a sostenerse en el poder) en los objetivos a alcanzar colectivamente, haciendo ver que estos son intereses que benefician a la mayoría. Este es el motivo por el que el culto a la personalidad ha sido utilizado históricamente para impulsar políticas totalmente nuevas a la vez que en teoría se defiende el imperio del sentido común y de la actitud conservadora (que a la práctica se expresa solo ante lo que se considera que son «injerencias externas»).
¿Por qué es utilizado por regímenes totalitarios?
A juzgar por las características del culto a la personalidad, ya se empieza a intuir por qué este fenómeno social es fomentado por las oligarquías que mantienen el poder de una región. La figura del líder que da sentido a todo lo que ocurre entre la población civil permite controlar a la disidencia mediante simples y que apelas a las emociones, así como no tener que reconocer los errores ni rendir cuentas ante ninguna entidad con autoridad (porque toda la autoridad es acumulada por el caudillo).
La maquinaria propagandística del país puede ofrecer propaganda política e ideológica hablando únicamente del líder y de sus propuestas e ideas, haciendo pasar este tipo de contenido por información de interés general.
Otra manipulación es de aquellos falsos lideres que se hacen pasar por victimas para seguir cometiendo sus fechorias.
El culto a la personalidad tiene debilidades en aquello que son sus fortalezas: si el líder es eliminado o si surge otro estamento que le supera en autoridad, toda la su propaganda y poder dejan de ser viables, y desaparece su influencia más allá de en la mente de los nostálgicos del régimen anterior.
El culto a la personalidad es un fenómeno masivo de seguidismo, adulación y obediencia constante a un individuo que se ha erigido líder de un movimiento o estamento determinado, normalmente extendiéndose este al ámbito de un país entero, como mínimo. Al abismo nos llevan los falsos líderes.