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Tierra licita: MARIHUANA, COCA Y AMAPOLA, PLANTAS MEDICINALES

La propuesta es utilizar los cultivos llamados ilícitos en la medicina y evitar la guerra que desangra a los campesinos colombianos.

 

 

 

 

Gerney Ríos González

El propósito central de este análisis es dar a conocer la inmensa posibilidad de explotar con fines científicos y comerciales la millonaria flora medicinal colombiana. El gobierno colombiano podría volcarse hacia el estímulo mayor  a los campesinos para cientos de cultivos sanos, que derrotaron en un mediano o largo plazo la siembra clandestina de coca, marihuana y amapola, desestimulando asimismo el comercio de las drogas, su proceso y la ilegal exportación.  De paso, acabar con los carteles de la economía subterránea, dando nacimiento a una industria medicinal natural como fue en el comienzo de los siglos, practicada por los indígenas de América y que ha sido la base, con sus extractos y esencias procesadas químicamente, de nuevas medicinas utilizadas  actualmente y cuyos costos son prohibitivos para el pueblo.

Las tinturas, esencias y emplastos de yerbas nativas, de probada eficacia terapéutica durante centenares de años, han sido la panacea para millones de seres humanos; no están lejanos los tiempos cuando nuestros abuelos recetaban plantas caseras para las más comunes dolencias de niños y adultos. Es dable recibir consejos de ancianos vecinos o mujeres que mantienen su jardín de plantas casi milagrosas en el solar para las emergencias de la salud familiar.

El Plan Nacional de Desarrollo Alternativo, con sus recursos económicos y sociales, con la recuperación de tierras arrebatadas a la economía subterránea, a través del Banco Agrario y con funcionarios del Ministerio de Agricultura, debe mirar seria y oportunamente la posibilidad que se le pueda brindar al campesino, para que se decida por el cultivo y comercialización de plantas medicinales de exportación  o su procesamiento básico en el país.

FACTORES

La ilegalidad sube los costos de procesamiento de la coca y la amapola, y los jefes de las organizaciones buscan en el campesino de apartadas regiones, el trabajo económico bajo para  cultivo y procesamiento de la pasta básica. La violencia es el mejor aliado para la solución de los conflictos que se presentan al interior de las clandestinas organizaciones; por tanto, el respaldo subversivo a los  narcotraficantes es el peor obstáculo que encuentra la fuerza pública en la lucha contra el flagelo.

Debido a los altos costos de producción de droga, no es posible que el comercio se masifique, lo que da lugar al nacimiento de los carteles, cuyos imperios económicos mueven los hilos del fabuloso negocio.

La siembra y elaboración de coca y amapola, se ven favorecidas por la debilidad del Estado frente al creciente salvajismo anarquista y el alto índice de criminalidad citadina. La violencia engendró una subcultura a la que se acostumbró Colombia y que es utilizada por el narcotráfico como poder intimidatorio; aliada con fuerzas  ilegales desató el terrorismo en campos y ciudades y adormeció la voluntad civil.

La corrupción oficial favoreció el auge de la economía subterránea; el lavado de dólares encontró respaldo en este sector. El contrabando estimuló las exportaciones ilícitas de la droga y mercados del exterior enseñaron el manejo de la «mercancía» a niveles comerciales.

SOLUCIONES

La producción o cultivo de plantas medicinales, tiene  bajo costo debido a los siguientes factores:

Las tierras son aportadas por los campesinos a través de sus parcelas.

No requieren vigilancia de la fuerza pública por ser legales.

El comercio de las plantas medicinales es lícito.

Las semillas serán suministradas por el Estado o sacadas de los mismos cultivos establecidos, con vigilancia oficial.

El trabajo de laboratorio para la extracción de sus  componentes químicos tiene la legalidad exigida y servirá para la prospección de tecnología autóctona.

Sembrar plantas medicinales no es delito; incluyendo marihuana, coca y amapola con fines médico-científicos, mediante  severo control.

Cifras oficiales hablan por sí solas de la magnitud de los elevados precios involucrados en la elaboración de pasta de coca o amapola. Leamos:

Para hacer  pasta de coca, se requieren unos 6.000 kilos de la hoja producidos en una hectárea, 500 kilos de cemento, 12 litros de ácido sulfúrico y 500 galones de gasolina.

Si calculamos que en Colombia hay sembradas 50.000 hectáreas de coca cada año, para convertir esta «cosecha» en pasta básica, se requieren 25.000 galones de gasolina, 25.000 toneladas de cemento, 60.000 litros de ácido sulfúrico.

Libro Tierra Lícita de la autoría de Gerney Ríos González, publicado en 1997 por el Fondo Editorial de la Universidad Juan N. Corpas.