Liliana Henao Hoyos
Otro año que viene y otro que se va. Así podría titularse la tragedia de cientos de personas que viven del mundo del espectáculo.
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Actores, cantantes, músicos y demás talento está paralizado, encerrado y sin forma de ganar un centavo.
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La industria de la música se encuentra con los estudios de grabación cerrados, los ensayos aplazados y las producciones pospuestas.
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En la televisión pasa más o menos lo mismo, aunque hayan puesto todo el interés, con bioseguridad de por medio, es muy complicado grabar una serie. El riesgo es demasiado.
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El cine está en un 10 por ciento de funcionamiento. A pesar de las ayudas de computadores no despega el séptimo arte. Cientos de filmes están a la espera de escuchar la melodiosa frase de “cámara, acción”.
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Por la parte técnica hay parálisis en general. Sonidistas, camarógrafos, ambientadores, escenógrafos y productores están encerrados en sus casas viendo una y otra película.
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Cero conciertos para este año o, por lo menos, mientras se encuentra una cura definitiva para el mal que persigue a la humanidad.
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La radio pasa por el peor momento de la historia. La pauta ha llegado a su mínima expresión y cada día son más los periodistas, locutores, productores y hasta dj que dejan sus puestos.
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La televisión sobrevive gracias a la retransmisión de viejas películas, novelas de los años noventa o de principio de siglo. Los noticieros se dedican a los remotos para evitar los gastos periodísticos del desplazamiento y para no correr riesgos con el contagio.
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Las redes sociales han llegado a la ridiculez con tal de conseguir adeptos, fotos de intimidad, de almuerzos, chistes viejos, memes reencauchados y noticias falsas.
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La desesperación ronda por el talento, la producción y la realización.
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En estas últimas semanas de enero los replanteamientos para el futuro están sobre las mesas y los portadores de los capitales buscan angustiosamente salidas para el atolladero.
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Moxie Betilsa, una cantante cartagenera, dice que su talento no se lo quita nadie y que, para mal tiempo, buena cara, por eso ha encontrado en la canción y la composición una forma de escape. Canta cada día al menos unas dos horas.
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Tocará seguir el ejemplo de Betilsa.
