Esta semana salió a relucir el odio, el resentimiento y el plan de venganza de miles de colombianos. Las redes sociales pululaban con rencor, desesperación, saña contra los personajes que fueron noticia.
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En una anarquía de léxico, con un vocabulario soez, con los peores epítetos se calificaron tanto a algunos distinguidos fallecidos como a mandatarios nacionales, regionales y políticos de turno.
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Las bodegas del Fake News, de la desinformación campearon soltando todo tipo de frases unos contra otros. ¿Quién gana? Pues ninguno de los dos, porque el país aún cuenta con gente decente.
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Lo mismo sucedió con la radio hace unos años cuando comenzaron a emitir programas vulgares, que hasta los zorreros se ponían colorados. Ahí mismo la gente culta se fue retirando y las estaciones quedaron en manos de brujos e ilusionistas de la fe.
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En el país algunas personas consideran que el único humorista es don Jediondo, pero para muchos no pasa de ser un patán, vulgar y personaje de pírrico vocabulario con una escasa preparación literaria.
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Se necesita tener un problema psiquiátrico o una patología fuera de lo normal para dedicarse a producir “memes” asesinando gente, situación de la cual no se han salvado políticos, empresarios, artistas y un sinnúmero de personalidades.
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Las redes sociales deben tener su ajuste jurídico. A raíz del asesinato de unos jóvenes en Buga, decenas de versiones han surgido sin importar el daño moral de las víctimas o de los familiares. Se acusa sin ton ni son, se denigra, se juzga sin miramientos.
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De igual forma sucede con los ídolos del deporte que por alguna falla cometen un error o no pueden dar los éxitos que los resentidos no han logrado. De inmediato florecen por Internet toda clase de epítetos para calificarlos.
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Son hordas de personajes que se dejan llevar por los llamados “influencer” y son capaces de asistir a fiestas en plena pandemia, arriesgar sus vidas y las de sus familiares para acompañar a un equipo de fútbol o, simplemente, para seguir la palabrería con mensajes que hieren y dañan la imagen de las víctimas.
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Mientras tanto, los medios parecen perder la batalla porque los periodistas también se dejan llevar por la agilidad informativa que sin confirmar van soltando opiniones.
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Esta guerra mediática de odios se debe terminar por el bien de la salud mental de las personas, por el bienestar en general y por el país.
