Guillermo Romero Salamanca
Cada mañana médicos, enfermeras y cientos de personas que trabajan en el sector de la Salud se levantan con la bravura que les da la vida, hacen una oración de agradecimiento por el nuevo día y sin pensarlo, organizan su plan para la jornada.
Atrás quedaron los sueños, de pronto con pesadillas, con innumerables rostros que le han dicho adiós a este mundo. Son padres, madres, profesionales, universitarios, empresarios, trabajadores corrientes, músicos, sacerdotes o de quién sabe qué profesión que han sido atrapados por el Covid-19.
Estos héroes y heroínas extrajeron todas sus lágrimas, pero guardan reservas para cuando se va un recién nacidos o un indefenso que no podrán respirar más.
Hacen lo posible y lo imposible. A veces algo de más, como un masaje o también una plegaria al Creador por el alma que marcha en ese instante.
Se salvan algunos y los despiden de las clínicas en medio de aplausos.
Estos titanes de la salud luchan contra un ser invisible, cobarde, invasivo, que carcome a animosos y humilla a potentados. Sus manos están llenas de recuerdos de pieles a las cuales han tenido que frotar cremas para evitar las úlceras.
Todo pueden ellos olvidar, menos esos tristes ojos de las últimas miradas de personas que fallecen extenuadas, sin aire.
Para ellos sus pacientes son lo más importante. No son cifras, no son datos, son seres humanos que batallan también. Unos han llegado porque, por desgracia, recopilaron el mal en un instante. Otros porque no creían en el mal y unos más, porque están resignados a marcharse de este mundo.
A pesar de las advertencias, en las calles, cantinas, casas, rincones las personas viven un carnaval siniestro, sin consideración por quienes sufren la enfermedad, pero mucho menos por quienes arriesgan sus vidas cada instante.
Sólo los valientes se visten de blanco.

