Durante más de cien años el Imperio Romano tenía un programa de gobierno que se llamaba «Pan y circo».
Millares de esclavos fueron obligados a construir coliseos en distintas ciudades. Allí llegaba el emperador. Cada vez los espectáculos eran más criminales y más grotescos. Con su dedo pulgar hacia arriba indicaba, a petición del público, su aprobación que era la salvación del gladiador o su señal hacia abajo sentenciaba con la pena de muerte.
Claro, había quienes se congraciaron con el emperador y llevaban fieras hambrientas que despedazaban a quienes les pusieran por delante. La gente, desde la tribuna aplaudía a los animales porque les quitaban de un manotazo la cabeza o un brazo a los que metían en la arena. Les parecía genial el asunto.
Había esclavos que se orinaban del susto antes de entrar en el escenario porque sabían que, de allí, muy probablemente no saldrían vivos.
Fueron cien años de horror, pero el espectáculo gustaba y así los emperadores, cónsules, empresarios, dirigentes gremiales disfrutaban con vino, comida y cuando estaban llenos, simplemente se metían el dedo en la boca y se obligaban a vomitar para así continuar después con su orgía de gula.
El emperador ponía a sus gladiadores y la oposición también enviaba a sus representantes a la arena. Así se gozaba de popularidad o era vencido por cualquier circunstancia.
Quienes visitan a Roma pueden apreciar el Coliseo y aprender un poco de cómo miles de personas perdieron sus vidas y otros resultaron lisiados de por vida. Millones quedaron huérfanos y sufrieron la desgracia de esa maldita violencia.
La historia siempre se repite una y otra vez porque el ser humano es imbécil por genética.
Se observa cómo, a pesar de una pandemia, la gente sale al coliseo sin mínimas medidas de protección, por ejemplo. Se creen inmunes, pero luego llegan llorando a los hospitales buscando un rincón para aliviar su angustia.
Desde el reino se expiden leyes, decretos que martirizan al pueblo, pero los opositores plantean un duelo en el coliseo que es una calle total. No se miden las consecuencias. Poco les importa. En un lado son obligados los militares y policías a enfrentar a los protestantes. Claro, los encuentros van y vienen. Salen heridos de ambos bandos. Mueren también.
La tribuna, llamada ahora redes sociales, aúpan a unos y otros. En estos días se veía a personajes de la política llevando mercados y organizando almuerzos para los muchachos que están en las manifestaciones. Es necesario apoyar el espectáculo. También se nota cómo desde balcones de las casas o edificios, miles observan el espectáculo e incluso los graban con sus celulares y simplemente miran absortos cómo destrozan a un manifestante, patean a un policía o saquean un banco o un supermercado.
Ahora se podría decir: Cuando los manifestantes arrasaron el supermercado, poco me importó. Cuando quemaron el TransMilenio, el Metro y el Mío, ni me interesó porque no monto en eso. Cuando asaltaron los CAI y Puestos de Policía, aplaudí.
Cuando quemaron mi carro, pintaron mi casa y golpearon a mi padre, dije: «¿dónde está la autoridad?»
La gente sabe hablar, pero no entiende el lenguaje del diálogo. Participa del circo, aplaude a fieras y a gladiadores y se conforma con un mendrugo que le arrojan los del emperador o los opositores.

