El odio ha sido el causante de numerosas tragedias, guerras y persecuciones, especialmente cuando es inducido por motivos ideológicos, como sucede en Colombia.
El principal fruto del odio es la violencia, porque solo esta le da continuidad. El odio es como un apetito incontrolable, que parece no saciarse jamás. Está hecho de ira, de rencor y siempre encuentra una razón para encenderse de nuevo. Sin duda, se trata de una de las pasiones más esclavizantes para el ser humano.
Se dice popularmente que: «el que siembra, recoge». Generalmente se le otorga un sentido positivo a esa máxima. Pero en realidad, este postulado aplica tanto para bien como para mal. Es decir, si siembras amor, quizás puedas recoger amor; pero si siembras odio, muy seguramente recogerás odio o violencia, que es peor.
El odio se multiplica
Cuando alguien agrede a otra persona, sea por la razón que fuere, genera en esa persona un componente de ira y aflicción: una herida difícil de sanar, según haya sido la magnitud de la ofensa recibida y según sea el historial de agresiones albergadas en el corazón.
Por supuesto, entre más historial negativo exista, más grandes y profundas son las heridas que vamos a encontrar. Porque algunas personas tendemos a recordar más los malos momentos que los buenos y a resaltar más el error que el acierto.
De la agresión al odio hay solo un paso. Una cadena de agresiones va generando las condiciones para que llegue el odio y se instale en el corazón. El vínculo nacido de este inquietante sentimiento puede ser más fuerte que el que se origina en el amor. Lo que sigue es un crecimiento exponencial con las agresiones, porque siempre habrá «una cuenta por cobrar».
Nada justifica la violencia
La violencia nunca lleva a algo bueno. Por lo general, nace de la cobardía, de la ignorancia o de ambas carencias a la vez. Es un comportamiento que denigra y lesiona la condición humana, cuando menos en el plano ético y social.
La violencia engendra, por lo general, más violencia. Y sus consecuencias son casi siempre las mismas: odio, rencor y un pronunciado deseo de venganza. Si se quiere, damos paso a un círculo vicioso casi interminable y, de plano, vano y obtuso, como el mito de Sísifo.
Violencia no es solamente una agresión física o verbal. Hay gestos profundamente violentos, que no necesitan siquiera de una palabra. Como cuando se denigra a otro con solo una mirada o se es cómplice de una injusticia, por pura comodidad, porque denunciar puede traernos problemas.
La masacre del día de San Bartolomé, consecuencia del odio y la violencia entre católicos y protestantes