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El Pulso de Bogotá: UNA ODISEA EN SUS RUEDAS

 

El transporte urbano en Bogotá es un caos 

Bogotá, una ciudad que se estira y se reinventa a cada amanecer, guarda en sus entrañas una historia vibrante y a veces agridulce: la de su transporte urbano. Desde los balbuceos del siglo XIX, con sus tranvías impulsados por mulas, hasta el rugido constante de los buses articulados de TransMilenio y el SITP, la movilidad ha sido siempre el gran desafío, un reflejo del alma misma de la capital colombiana. Esta no es solo una crónica de vehículos, sino de tiempos robados, esperas infinitas y la sombra persistente de la inseguridad que acompaña a millones de bogotanos en su diario transitar.

Un Recorrido Histórico

Imaginen la Bogotá de 1884, con la Plaza de Bolívar conectada a Chapinero por un tranvía de mulas, una novedad que sorprendía y facilitaba. Los rieles de madera dieron paso al hierro, y en 1910, la electricidad transformó el traqueteo animal en un zumbido moderno. Pero como todo en la vida, las eras terminan, y en 1951, el tranvía dijo adiós, dejando un vacío que sería llenado por una marea de buses y busetas privadas.

La segunda mitad del siglo XX fue un concierto de informalidad y caos vehicular. La sobreoferta de rutas, la competencia desmedida y la saturación vial se convirtieron en la banda sonora de la ciudad. Los trolebuses, una efímera importación canadiense, intentaron poner orden, pero su paso fue fugaz. La promesa de flexibilidad de las busetas se desdibujaba ante la falta de calidad y cobertura, dejando a los bogotanos a merced del humor del tráfico.

Fue a finales de los 90 cuando el clamor por un cambio radical se hizo ineludible. Y así, con el nuevo milenio, en el año 2000, irrumpió TransMilenio. Catorce buses articulados en la troncal de la Caracas marcaron el inicio de una revolución. Hoy, con más de 112 kilómetros de vía troncal, 134 estaciones y 9 portales, TransMilenio es la arteria principal de la ciudad. En 2012, el Sistema Integrado de Transporte Público (SITP) llegó para tejer una red más compleja, abarcando las rutas zonales. Y más recientemente, en 2019, el TransMiCable elevó la conectividad en Ciudad Bolívar, acercando la ciudad a sus habitantes más lejanos.

La Paciencia Bogotana

El tiempo, ese bien tan preciado, se diluye en el transporte público bogotano. En 2023, el tiempo promedio de viaje rondó los 48 minutos, una cifra que baila salvajemente con las horas pico y el impredecible tráfico capitalino. Un trayecto que debería ser corto puede transformarse en una odisea, estirando la jornada laboral y restando horas al descanso.

Para los usuarios de TransMilenio, las aglomeraciones en las estaciones son una postal diaria. A pesar de los esfuerzos por mejorar la frecuencia de los buses, la marea humana a menudo desborda la capacidad del sistema. La espera para abordar un articulado puede ser una prueba de paciencia, especialmente en los puntos de transbordo, donde el flujo de pasajeros es implacable. La promesa de reducción de tiempos de espera en servicios específicos, como el D22-G22, es un bálsamo, pero la herida de la congestión sigue abierta.

El SITP, aunque busca tejer una red más amplia, no escapa a los mismos males. Los tiempos de recorrido en los buses zonales son un enigma, sujetos a las caprichosas condiciones del tráfico y la densidad de paradas. Los bogotanos aprenden a calcular márgenes de error considerables para sus citas, una danza entre la anticipación y la resignación que impacta directamente su productividad y, en última instancia, su calidad de vida.

 Inseguridad en el Camino

Más allá del tiempo y la espera, hay una preocupación que viaja en cada bus, en cada estación: la inseguridad. A pesar de los esfuerzos de las autoridades con iniciativas como «Policía a bordo», la percepción de riesgo sigue siendo una compañera constante para millones de usuarios.

Las cifras, frías y contundentes, pintan un panorama inquietante. En lo que va del 2024, más de 4.500 celulares han sido robados en TransMilenio, y en 2023, los hurtos a personas superaron los 9.000 casos dentro del sistema. Las mujeres, lamentablemente, son blanco frecuente, con un aumento preocupante en casos de lesiones personales. Estaciones como Avenida Jiménez, Ricaurte, Portal Tunal, Calle 100 y Portal del Norte se han convertido en puntos rojos, donde la vigilancia debe ser constante.

Las tácticas de los delincuentes son tan variadas como sutiles. Desde el sigiloso «cosquilleo» en las aglomeraciones hasta los audaces robos masivos en buses del SITP, a veces perpetrados por falsos guardias de seguridad, la inventiva criminal no tiene límites. La falta de control en los accesos al sistema y una presencia policial insuficiente (apenas 1 policía por cada 2.428 usuarios de TransMilenio) contribuyen a esta vulnerabilidad. Incluso los paraderos de buses del SITP, especialmente en la oscuridad de la madrugada y la noche, se convierten en escenarios de riesgo por la falta de iluminación adecuada.

Aun con la leve disminución reportada en algunos delitos en el componente troncal (33%) y zonal (10%) del sistema, y el aumento en la satisfacción de los usuarios con el transporte público (del 23% al 39% en 2023), la realidad de la inseguridad persiste como un desafío palpable y una constante en la vida diaria de los bogotanos.

Los desafíos son enormes, y la eficiencia en los tiempos de viaje, la reducción de la espera y, sobre todo, la garantía de seguridad, siguen siendo las metas inalcanzables que Bogotá persigue en cada uno de sus trayectos.

La gente determinó comprar motocicletas como consecuencia del pésimo servicio de transporte urbano.

El servicio urbano  de transporte es una clara violación contra los derechos humanos