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HERENCIA DE INTOLERANCIA Vs. VIVENCIA DE DEMOCRACIA

 

YUI

 

 

Carlos Alberto Baena López

Columnista

Primicia

 

El Legislativo colombiano abrió sus recintos para discutir y dar soluciones a situaciones cotidianas de discriminación vividas en Colombia.  Casos tan reprochables como la publicación de avisos de arrendamiento que excluían a los afrodescendientes, con leyendas como “Se arrienda. No negros”, constituyen heridas para toda la población, que el Congreso ha asumido para ayudar a superarlas.

Una ley que sanciona la discriminación, un proyecto que busca garantizar la participación mínima del 30% de afrodescendientes en altos cargos de dirección del Estado, la conformación de la bancada afro, un debate de control político orientado a que las organizaciones de afrocolombianos sean consultadas para la toma de decisiones que les incumben y algunos reconocimientos internacionales, son parte del balance obtenido en el esfuerzo por contribuir a la convivencia con respeto.  Aunque importantes, esos avances son apenas el comienzo de una gesta que ayuda a cambiar nuestra historia de discriminaciones.

A los recintos de la Cámara y del Senado, han llegado temas que antes parecían ajenos a las instancias políticas, para constituirse ahora en objeto de estudio y solución. Realidades como el matoneo escolar, las agresiones con ácido, la atención a personas mayores, los derechos de las personas en situación de discapacidad, o los de las que padecen epilepsia o enanismo, y la conducción de vehículos de forma irresponsable, hacen parte de una agenda que le permite al Legislativo ser un escenario para discusiones reales más que organizacionales.

Quizá la herencia de intolerancia no permitió en el pasado una mayor vivencia de una democracia ocupada de la realidad y de la transformación de hábitos de agresión que hace apenas unos años parecían normales. La voz del pueblo, a la que aluden varias referencias plasmadas en las paredes del Salón Elíptico, no puede estar fuera del Congreso.  Es necesario escuchar esas voces ciudadanas para encontrar los asuntos que la agobian, pero también con el fin de aportar al cambio de costumbres que contradicen el estar en sociedad.

El eco del trabajo por la convivencia llegó a las Naciones Unidas, donde a partir de la experiencia colombiana, solicitamos que ese organismo  instara a todos los Estados miembros a adoptar políticas basadas en la inclusión de Afro descendientes en todas las ramas del poder público. Ese mismo ejemplo del Legislativo, permitió sostener una reunión con Representantes de los partidos Demócrata y Republicano, miembros de la delegación de Estados Unidos que participó en la Cumbre de las Américas, con el fin de que las lógicas de coexistencia sirvan de referencia más allá de nuestras fronteras, donde tantos connacionales y personas de todos los orígenes anhelan aceptación y trato respetuoso.

La práctica del Congreso en estos dos años y medio, en materias de antidiscriminación, enseña que dentro y fuera de Colombia, la herencia de intolerancia puede ser superada con una vivencia de verdadera democracia.