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Tejedoras de Memoria y Futuro: EL EMPODERAMIENTO FEMENINO EN EL PACÍFICO COLOMBIANO

Marisa Chiripua Moña, lideresa indígena del Resguardo Calle Santa Rosa.

 

 

 

Claudia Marcela Ayala

Pacífico Colombia 

En el corazón del Pacífico colombiano, donde la tradición se entrelaza con la sostenibilidad, emerge una historia de resiliencia y empoderamiento femenino. «Me siento profundamente orgullosa como artesana de nuestras ‘mayoras’, quienes con su sabiduría ancestral me guiaron en el arte de la ‘tejura’, enseñándome a dar forma a un abanico o un canasto. Mi gratitud es inmensa por su conocimiento y el tiempo dedicado a preservar esta invaluable práctica cultural y artesanal», expresa Marisa Chiripua Moña, una destacada lideresa indígena del Resguardo Calle Santa Rosa.

Ella es una de las guardianas de este resguardo indígena en Timbiquí, Cauca, un territorio de 200 hectáreas donde la paja tetera (Stromanthe jacquinii), una planta que alcanza hasta tres metros de altura con hojas alargadas y oblicuas, crece exuberante junto a las quebradas. En su fibra reside un tesoro que imprime memoria e identidad, tejiendo por generaciones en Calle Santa Rosa relatos de pujanza femenina. «Nuestras madres y abuelas nos inculcaron la habilidad de crear nuestros propios productos, una forma de contribuir al hogar y de demostrar que sí era posible elaborar un canasto para adquirir nuestros útiles escolares», rememora Marisa, evocando el ancestral proceso de la tejura.

«El tallo se deshilacha en luna menguante para asegurar la durabilidad de las fibras, evitando su putrefacción. Una vez secas, se inician los intrincados tejidos, comenzando con trenzas que luego se entrelazan», explica Marisa. Así, se dan vida a combinaciones de formas geométricas, inspiradas en la rica biodiversidad del territorio y en la profunda iconografía indígena.

Este proceso ancestral se enmarca hoy en lo que se denomina manejo forestal sostenible comunitario. Su propósito es «comprender la capacidad productiva del bosque, así como la de los productos no maderables y/o la flora silvestre, con el fin de administrar e implementar medidas de uso racional o restauración ecológica. Todo ello, partiendo de las condiciones culturales, organizativas, sociales y empresariales de las comunidades para contribuir a su bienestar», detalla Lady Paz Quijano, profesional forestal del proyecto Pacífico Biocultural.

En medio de la vasta diversidad de bienes y servicios que ofrece el bosque, la mujer se integra y se convierte en pilar fundamental del manejo forestal comunitario y de sus productos no maderables o fibras como la tetera, chocolatillo, jagua, yaré, palmas de mil pesos y totora, entre otras.

Estas prácticas tradicionales, mayormente ejecutadas por mujeres, son actividades clave en la gestión forestal. Con una visión empresarial, el liderazgo femenino se manifiesta en labores administrativas y organizativas, en la optimización de recursos, o en el desempeño de cargos como representantes legales, consejeras, tesoreras y secretarias, incursionando progresivamente en el trabajo de campo, el monitoreo y la restauración ecológica.

Según la FAO, «en todas las regiones, el sector forestal sigue siendo un ámbito dominado por los hombres con una persistente brecha de género, en el que las funciones y contribuciones de la mujer suelen ser invisibles, a pesar del antiguo y creciente rol desempeñado por las mujeres indígenas y del entorno rural en las cadenas de valor forestales, especialmente en la comercialización de productos forestales no madereros». El aprovechamiento de recursos no maderables del bosque ha permitido, además, que las mujeres innoven a través de la transformación de estos productos de la biodiversidad en artesanías, extractos, aceites, tintes y alimentos, generando negocios comunitarios que fortalecen la economía del hogar.

«Las mujeres poseen conocimientos altamente especializados sobre los bosques en cuanto a diversidad de especies, gestión y utilización de los recursos, así como sobre prácticas de conservación y restauración vinculadas directamente a la salud y el consumo alimentario de los hogares, conocimientos que resultan fundamentales en tiempos de crisis alimentarias. Desempeñan un papel clave en las actividades de subsistencia comunitarias y en las iniciativas de producción a lo largo de las cadenas de valor de los productos forestales», reitera la FAO.

De la Práctica Ancestral a una Visión Empresarial

En el Resguardo Indígena de Calle Santa Rosa, más de 100 mujeres conforman la Asociación Tau P’irra, una empresa comunitaria creada hace dos años por las artesanas Sía (del pueblo Eperara Siapidara). Con un enfoque de sostenibilidad, mujeres indígenas de cuatro comunidades han dado alas a sus sueños, cultivando lo que aprendieron desde niñas: tejer. A través de la elaboración de artesanías, estas mujeres reflejan su sabiduría empírica y su identidad, lo que les confiere una profunda autonomía.

Marisa relata que «el inicio no fue sencillo, pero con mucho esfuerzo, y al dominar la recolección de semillas y los cuidados necesarios, aprendimos a comercializar. La tejura nos proporciona recursos que complementan nuestra subsistencia, generando ingresos para apoyar a nuestras familias».

Del Bosque a las Pasarelas: La Tetera Conquista el Mundo

El manejo de las fibras de tetera y chocolatillo en Timbiquí también ha impulsado un negocio verde. Con Artimbiquí, otra iniciativa de bioeconomía fundada por madre e hija a partir de los conocimientos de la abuela, mujeres afrodescendientes siembran, cultivan, transforman, diseñan, producen y comercializan productos con fibras naturales y agroforestales de la región pacífica. Esta empresa promueve la identidad cultural y la participación de la mujer rural con un enfoque inclusivo y sostenible desde el departamento del Cauca.

Diani Yolima Jory Saa, representante legal de Artimbiquí y licenciada en Etnoeducación con énfasis en Ciencias Sociales, ha impulsado a su comunidad para que su patrimonio cultural trascienda fronteras. Inspirada en la belleza natural de Timbiquí y la pujanza de su pueblo, inició un camino para que las fibras del Pacífico fueran reconocidas en el país y el mundo, superando innumerables barreras comerciales.

«El tallo se deshilacha en luna menguante para asegurar la durabilidad de las fibras, evitando su putrefacción. Una vez secas, se inician los intrincados tejidos, comenzando con trenzas que luego se entrelazan»