Noticias, TOP

La Invasión Motera y el Laberinto de una Movilidad Fragmentada: BOGOTÁ, AL BORDE DEL CAOS

Miles de motocicletas no solo serpentean con audacia entre vehículos, ocupando cada centímetro de asfalto, sino que han invadido espacios que por diseño pertenecen a otros: se toman impunemente las ciclovías y, con descaro, circulan por los andenes, forzando a los peatones a realizar «cursos de toreo»

 

 

 

 

Milena García H.

Bogotá D.C. 

Las mañanas en Bogotá han adquirido una nueva y estruendosa sinfonía. El antes habitual murmullo de la ciudad ahora se ve opacado por el rugido incesante de miles de motocicletas, un coro creciente que, más allá de una simple elección de transporte, encarna el clamor silencioso de una ciudadanía que busca escapar. Es una huida desesperada de un sistema de transporte masivo –TransMilenio– percibido no solo como ineficiente, sino como una afrenta diaria a la dignidad y a los derechos fundamentales. Las arterias de la capital, otrora dominio de buses y automóviles, se han transformado en un hervidero donde la proliferación de motos dibuja el mapa del caos urbano y la frustración colectiva.

La génesis de esta metamorfosis reside, paradójicamente, en la promesa de solución que alguna vez representó TransMilenio. Sin embargo, para una vasta porción de la población bogotana, el «mal servicio» del sistema ha trascendido la mera incomodidad. El hacinamiento extremo, los retrasos crónicos, la palpable falta de seguridad que expone a los usuarios a robos y acosos, y la erosión constante de la dignidad en trayectos que se asemejan a odiseas cotidianas, han llevado a muchos a sentir que su derecho a un transporte público seguro, eficiente y humano es vulnerado sistemáticamente. La interminable espera bajo la intemperie, los empujones para abordar un bus ya saturado y la constante sensación de vulnerabilidad empujan a miles a buscar alternativas fuera de sus confines.

Es en esa búsqueda incesante donde la motocicleta emerge como un refugio, más que un lujo, una necesidad imperiosa; más que una moda, una tabla de salvación ante la asfixia del sistema público. A bordo de una moto, el bogotano persigue la autonomía, la capacidad de sortear los interminables trancones, de cumplir con la promesa de llegar a tiempo al trabajo o al hogar, y de recuperar una mínima parcela de control sobre su jornada. En esta elección, el riesgo inherente o la exposición a los elementos se tornan insignificantes frente a la promesa de libertad de movimiento y la evasión de lo que muchos perciben como las «cárceles sobre ruedas» de TransMilenio.

El resultado de esta migración masiva es un paisaje urbano transformado, sumido en una anarquía de movimiento. Miles de motocicletas no solo serpentean con audacia entre vehículos, ocupando cada centímetro de asfalto, sino que han invadido espacios que por diseño pertenecen a otros: se toman impunemente las ciclovías y, con descaro, circulan por los andenes, forzando a los peatones a realizar «cursos de toreo» improvisados para evitar ser arrollados en su propio espacio vital. Mientras tanto, las autoridades de tránsito, en un intento de control, se dedican a realizar retenes focalizados en motocicletas, exacerbando paradójicamente el caos vehicular.

Esta situación se agrava por la recurrente denuncia de los motociclistas, quienes afirman verse obligados a pagar hasta cien mil pesos a guardas o policías para evitar la inmovilización de sus vehículos, una sombra de presunta corrupción que añade una capa más de frustración a la compleja trama de la movilidad bogotana.

Bogotá, la ciudad que alguna vez soñó con una movilidad eficiente y ordenada, se ha convertido en el espejo de una paradoja ruidosa y palpable: mientras su sistema de transporte masivo lucha por su viabilidad y su reputación, la explosión de motos en sus calles es un crudo recordatorio de la profunda insatisfacción ciudadana, un eco del clamor por un transporte digno que aún espera una respuesta integral.