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La Política del Espectáculo: EL FENÓMENO DE «FILIPICHÍN» EN LA CARRERA PRESIDENCIAL

El precandidato Abelardo de la Espriella ha convertido su imagen en un manifiesto político: un «dandismo» que sus críticos tildan de «filipichinería» y sus seguidores de «aspiracionalidad».

 

 

 

En la convulsa Colombia de inicios de 2026, donde la política se libra tanto en los estrados como en las pantallas, ha emergido un perfil que desafía la sobriedad tradicional del poder. El precandidato Abelardo de la Espriella ha convertido su imagen en un manifiesto político: un «dandismo» que sus críticos tildan de «filipichinería» y sus seguidores de «aspiracionalidad». Pero, ¿qué hay detrás de la seda y el corte italiano?

Para los sectores del Pacto Histórico, la figura de De la Espriella representa la caricatura de una élite «viuda de privilegios». Al llamarlo «filipichín», buscan encasillarlo en la frivolidad de quien prefiere el brillo de sus accesorios al barro de la Colombia profunda. Es la narrativa del «arrodillamiento»: el hombre que, desde su estética imperial, parece más cómodo en los salones de Florida que en las plazas de mercado de las regiones.

Sin embargo, los resultados de la reciente encuesta de Guarumo sugieren que este estilo no es un error de cálculo, sino un arma estratégica. Al asumirse como un personaje de alto contraste, De la Espriella rompe la monotonía del político de traje gris y promesas desgastadas. Su elegancia no es percibida por sus bases como un insulto a la pobreza, sino como el símbolo de un «éxito sin complejos» que promete restaurar la grandeza de una nación que, según él, ha perdido el rumbo.

El riesgo es latente. En un país que históricamente castiga la desconexión de sus élites, el exceso de formas podría terminar asfixiando el fondo de sus propuestas. Si bien el estilo «filipichín» le otorga un aura de celebridad innegable, su reto será demostrar que, bajo los pañuelos de seda, existe un plan de Estado capaz de resistir el rigor de una contienda que, hasta ahora, lidera Iván Cepeda.

El caso de Cecilia Orozco Tascón, experimentada periodista y directora de Noticias Uno, frente al abogado Abelardo de la Espriella, es un ejemplo clásico de cómo un término coloquial puede terminar en los estrados judiciales.

Hoy, en plena campaña presidencial, este antecedente es vital. La derecha «filipichín», como la llaman sus detractores, intenta blindarse contra la sátira, pero la jurisprudencia de casos como el de Cecilia Orozco ha dejado claro que la elegancia no protege contra la crítica.

Irónicamente, lo que comenzó como una demanda para prohibir la palabra, terminó popularizándola tanto que hoy es el término de cabecera para referirse al estilo del precandidato en todas las redes sociales.

«Este artículo fue redactado con el apoyo de herramientas de IA generativa para la estructuración de ideas y verificación de datos históricos».