Los niños samarios han convertido el Caribe en su patio de recreo. Con una destreza casi mística, ejecutan acrobacias en el agua que desafían la gravedad, demostrando que en sus venas no solo corre sangre, sino también la maestría de quienes nacieron arrullados por las olas.
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Santa Marta es el místico punto de encuentro donde la Sierra Nevada se funde con el Caribe, tejiendo una historia de siglos entre murallas coloniales y arrecifes vírgenes. Como la «Perla de América», ofrece un refugio donde la herencia ancestral de los pueblos de la montaña convive con el ritmo vibrante de una ciudad que abraza el horizonte. Es, en esencia, un santuario de biodiversidad y calma que cautiva los sentidos bajo el resplandor de atardeceres eternos.
Santa Marta se erige como el testimonio vivo de la historia, siendo la ciudad más antigua de Colombia donde el legado colonial se funde con el arrullo eterno del Caribe.
Caminar por sus calles adoquinadas es viajar en el tiempo entre fachadas restauradas que narran historias de piratas, libertadores y una arquitectura que se niega a envejecer.
Un recorrido en bote de remos permite contemplar la majestuosidad del Atlántico, fundiendo el horizonte marino con la riqueza paisajística de Santa Marta y su entorno.
Bajo la mirada vigilante de los picos nevados, la ciudad ofrece un contraste único en el mundo, donde la montaña costera más alta se rinde ante la calidez de sus bahías.
La danza final del sol sobre el Atlántico regala un espectáculo de matices encendidos, recordándonos la belleza indómita de nuestro litoral.
El mar es el santuario universal del disfrute, un regalo de horizontes inagotables destinado a cautivar los sentidos de cada generación.
Los samarios atribuyen un carácter sagrado al «árbol de la fortuna», en cuyas hojas aseguran leer los números que les han otorgado la gloria en el azar del chance.
Sitios maravillosos y privilegiados
La magia de Taganga trasciende fronteras, consolidándose como un rincón imprescindible que abraza con la misma calidez a propios y extranjeros.