ADÍS ABEBA
Primicia Diario
Mientras la mayor parte del globo transita el primer mes de 2026, la República Democrática Federal de Etiopía se mantiene firme en su propio cronograma: el año 2018. Este fenómeno, que a menudo confunde a los viajeros internacionales, no responde a un desfase tecnológico, sino a una herencia cultural milenaria que convierte al país en una anomalía temporal en el siglo XXI.
Un sistema de trece meses
A diferencia del calendario gregoriano, adoptado por la Iglesia Católica en 1582 y utilizado de forma casi universal, Etiopía se rige por el calendario ortodoxo copto. Según fuentes académicas y eclesiásticas, este sistema se basa en cálculos antiguos sobre la fecha del nacimiento de Cristo que difieren en siete años y ocho meses del conteo occidental.
El mes 13: El calendario etíope consta de 12 meses de 30 días y un último mes llamado Pagume, que tiene cinco o seis días dependiendo de si el año es bisiesto.
La hora cero: El pulso del día también es distinto; el reloj etíope comienza a contar el tiempo con la salida del sol (6:00 a.m. internacional es la hora 0:00 para los locales).
Impacto en la era global
Agencias de noticias y corresponsales en la región señalan que, aunque las instituciones gubernamentales y las aerolíneas (como la gigante Ethiopian Airlines) dominan ambos sistemas para operar en el mercado mundial, en la cotidianidad de sus calles la vida fluye bajo sus propias reglas. Para los etíopes, el concepto de «llegar tarde» al resto del mundo es, en realidad, una forma de preservar una identidad que se negó a ser colonizada, incluso en su forma de medir la existencia.

