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El ocaso de «Pipe Tuluá»: EXTRADICIÓN Y EL PRESAGIO DE UNA GUERRA TERRORISTA EN EL VALLE DEL CAUCA

Las medidas extremas para blindar la extradición de «Pipe Tuluá»

Los integrantes de la «La Inmaculada» en reuniones con abogados buscan como evitar la extradición de su máximo jefe Andrés Felipe Marín Silva, alias «Pipe Tuluá» a los Estados Unidos.

 

 

Primicia Diario

Judicial

En las entrañas de Bogotá, bajo un despliegue de seguridad que evoca las épocas más oscuras del narcoterrorismo en Colombia, las autoridades han levantado un muro infranqueable alrededor de Andrés Felipe Marín Silva, alias «Pipe Tuluá». La orden de extradición inmediata, rubricada por el presidente Gustavo Petro, no solo ha acelerado los relojes judiciales, sino que ha activado un protocolo de contención militar ante la inminencia de un plan de fuga que pretendía humillar al Estado colombiano.

Un traslado bajo fuego y sospecha

La movilización de Marín Silva no fue una decisión logística, sino una maniobra de supervivencia institucional. Tras confirmarse, mediante interceptaciones de alta fidelidad y alertas de agencias estadounidenses, que «La Inmaculada» había permeado anillos de custodia para facilitar un rescate armado o una fuga cinematográfica, el Gobierno optó por el aislamiento absoluto.

La suerte de Andrés Felipe Marín Silva, alias «Pipe Tuluá», ha quedado sellada no solo por sus deudas con la justicia, sino por un decreto presidencial que busca cortar de raíz uno de los capítulos más oscuros de la criminalidad en el suroccidente colombiano. En un movimiento que combina la urgencia judicial con la seguridad nacional, el presidente Gustavo Petro ha firmado la orden de extradición inmediata hacia los Estados Unidos, cerrando así la puerta a cualquier pretensión de impunidad disfrazada de activismo político.

Un portazo a la impunidad

La decisión de la Casa de Nariño no fue un trámite rutinario. Aunque el proceso administrativo contra el cabecilla de «La Inmaculada» ya avanzaba, el presidente Petro impartió una instrucción directa al Ministro de Justicia (e), Andrés Idárraga, para acelerar su salida del país. La justificación del mandatario fue tajante al denunciar que el criminal intentó manipular las instituciones mediante sobornos y maniobras dilatorias, buscando desesperadamente el estatus de gestor de paz para blindarse contra los tribunales norteamericanos.

Con una contundencia que resonó en los estamentos judiciales, el jefe de Estado sentenció: «La paz no es una mercancía, la paz es un derecho», dejando claro que el proyecto de «Paz Total» no será el refugio de quienes, como Marín Silva, han sembrado el terror con más de 46 homicidios y redes de extorsión que asfixiaron al corazón del Valle del Cauca.

El fantasma de la fuga 

La premura del Gobierno responde a un escenario crítico: la inteligencia colombiana y agencias estadounidenses detectaron un plan de fuga en marcha. Según reportes de alta fidelidad, la estructura criminal de «La Inmaculada» habría activado una maquinaria de corrupción y logística armada para rescatar a su líder.

Ante este riesgo inminente, las autoridades movilizaron a «Pipe Tuluá» desde los pabellones de La Picota hacia la Estación de Policía de Los Mártires, un enclave que hoy se asemeja más a un búnker militar que a una sede policial. Rodeado por un anillo de seguridad de fuerzas especiales y tropas del Ejército, el delincuente aguarda su traslado definitivo bajo la mirada vigilante de un país que teme lo que pueda suceder una vez su avión despegue.

Guerra anunciada: El Valle en vilo

La gran interrogante que hoy desvela a las autoridades regionales no es si habrá una reacción, sino qué tan devastadora será. Existen indicios sólidos y preocupantes de que la partida de Marín Silva hacia una corte federal en Florida o Nueva York desatará una ofensiva de retaliación en Tuluá y sus alrededores.

Históricamente, la extradición de un capo de esta magnitud provoca una fractura interna o un intento de expansión violenta por parte de mandos medios que buscan demostrar fuerza.

«La Inmaculada» ha demostrado una capacidad inquietante para paralizar municipios enteros mediante incendios de vehículos y atentados selectivos. La Gobernación del Valle ya ha activado planes de contingencia ante la posibilidad de un «paro armado» o una escalada de violencia urbana.

Fuentes de inteligencia sugieren que el líder criminal ha dejado instrucciones precisas a sus subordinados para mantener el control de las rutas del narcotráfico y las rentas de la extorsión a sangre y fuego, como una forma de presionar al Estado incluso desde una celda en el extranjero.

La defensa de Marín Silva intentó, en un último aliento jurídico, apelar a la necesidad de que cumpliera sus 30 años de condena en suelo nacional para garantizar la verdad a las víctimas. No obstante, el Estado ha priorizado la cooperación internacional, entendiendo que la presencia de «Pipe Tuluá» en Colombia representaba un riesgo de desestabilización constante. La partida del capo parece inevitable, pero el costo de su salida podría medirse en una nueva ola de enfrentamientos en un Valle del Cauca que aún no logra sacudirse el yugo de su herencia violenta.