Opinión, TOP

LONGEVIDAD Y MODERNIDAD

 

José Douglas Lasso Duque

Estudios recientes demuestran que la humanidad supera vertiginosamente las estadísticas de la larga vida. Esta noticia sería motivo de profunda alegría si, detrás del informe, no se escondieran disímiles situaciones que afectan al adulto mayor: personas que, tras superar las edades de independencia, se convierten en sujetos dependientes.

Sería un hecho de júbilo por cumplir uno de los grandes sueños que el hombre ha perseguido desde siempre: la inmortalidad. Un deseo avalado por rigurosas investigaciones científicas en las que estudiosos de diversas áreas han aportado horas de trabajo desvelado para hallar soluciones a las patologías que han acompañado al homínido a lo largo del tiempo. Sin embargo, tras este hito histórico, han surgido múltiples problemas sociales, especialmente en los países desarrollados, donde nunca se previeron políticas de cuidado. La realidad actual cuestiona esa primera impresión de «vida longeva» al revelar condiciones de existencia calamitosas.

Lo anterior evidencia que no es raro encontrar ancianos solos; personas que, en su largo vivir, han perdido todo vínculo familiar. En ellos queda una multiplicidad de heridas que se convierten en su único patrimonio para reconocerse miembros de una sociedad ajena con la que no se identifican. Este fenómeno es agudo en las grandes capitales, donde la figura del anciano no cuenta por ser el opuesto de ese modelo «narcisista y vanidoso» que se ostenta de manera obsesiva. Se oculta así una realidad hipócrita: por una parte se lucha para que la vida perdure, y por otra, se condena a la vejez a la reclusión.

No es extraño descubrir ancianos que mueren en soledad y son hallados días después del deceso, sin que nadie notara su ausencia. Tampoco sorprende ver cómo algunos desarrollan enfermedades mentales de la noche a la mañana ante la indiferencia de su entorno. Tras la muerte, sus viviendas suelen revelar historias de un mundo irreal, lleno de abandono y suciedad, evidencias de un vivir solitario en medio de una comunidad apática.

Asimismo, muchos se convierten en víctimas de familiares, allegados o instituciones que abusan de su vulnerabilidad para arrebatarles ahorros y pertenencias. Quienes guardaron bienes para su vejez terminan recibiendo malos tratos de quienes se apoderan de su patrimonio. En los países del Norte, las olas extremas de frío o calor convierten a la tercera edad en una víctima indefensa que muere por la falta de un vaso de agua o una manta, ante la carencia de políticas de un Estado que olvida que estos viejos fueron los constructores de la prosperidad presente.

Lo asombroso es que la sociedad moderna oculta que ellos también serán, algún día, octogenarios. Si no se aplican correctivos, habrá muchos más ancianos solitarios que, a diferencia de los actuales, carecerán de descendencia por haber priorizado un egoísmo narcisista sobre el proceso humano de perpetuar la especie.

Esta desolación no afecta del mismo modo a las culturas de los llamados «países pobres». Allí, el anciano sigue ocupando un papel preponderante como depositario de sabiduría; un guía que narra experiencias y ofrece consejos para el desarrollo de comunidades que ven en la vejez un soporte fundamental para las futuras generaciones.