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Habermas: RAZÓN PÚBLICA Y DIÁLOGO CON LA FE

El filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, considerado una de las figuras más influyentes del pensamiento contemporáneo, falleció en Starnberg, Alemania, a los 96 años.

Hernán Alejandro Olano García

La reciente muerte del filósofo alemán Jürgen Habermas, a los 94 años, invita a realizar una reflexión serena sobre su legado intelectual. Aunque no me considero habermasiano —ni comparto muchos de los presupuestos filosóficos de la tradición posmetafísica en la que se inscribe su pensamiento— sería injusto negar la enorme influencia que su obra ha ejercido en la filosofía política, la teoría del derecho y el debate contemporáneo sobre la democracia.

Habermas fue uno de los pensadores más influyentes de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. Su propuesta de la «ética del discurso» buscó fundamentar la legitimidad de las normas a partir de la deliberación racional entre ciudadanos libres e iguales. En un mundo cada vez más plural, su apuesta por la racionalidad comunicativa pretendía ofrecer un marco para la convivencia democrática sin recurrir necesariamente a fundamentos metafísicos o religiosos.

Desde la perspectiva del derecho constitucional, sus reflexiones sobre el Estado democrático de derecho, la ciudadanía deliberativa y la esfera pública tuvieron una repercusión notable. Muchos juristas y tribunales constitucionales encontraron en su obra elementos teóricos para justificar el papel del debate público y la participación ciudadana en la interpretación de las normas fundamentales.

Sin embargo, uno de los episodios más significativos de la trayectoria intelectual de Habermas fue su diálogo con el entonces cardenal Joseph Ratzinger —quien posteriormente sería el papa Benedicto XVI— en la Academia Católica de Baviera en 2004. Ese encuentro, publicado posteriormente bajo el título «Dialéctica de la secularización», constituyó un ejemplo admirable de diálogo entre dos tradiciones intelectuales que, durante mucho tiempo, parecieron destinadas a ignorarse mutuamente.

Habermas se había definido a sí mismo como alguien «carente de oído musical para la religión». No obstante, en ese debate reconoció algo fundamental: que las sociedades contemporáneas, lejos de haber superado completamente el fenómeno religioso, viven en una condición que él mismo describió como «postsecular». En este contexto, los ciudadanos creyentes y no creyentes están llamados a convivir dentro de un mismo espacio público.

La lección más valiosa de aquel diálogo fue, quizás, la cordialidad intelectual con la que se desarrolló. Ratzinger defendía la necesidad de reconocer la dimensión moral y racional del cristianismo, mientras Habermas subrayaba el papel de la razón pública y de la deliberación democrática. Ambos coincidieron, sin embargo, en algo esencial: la importancia de mantener abierto el diálogo entre fe y razón.

En tiempos en los que el debate público suele degradarse en descalificaciones ideológicas o en trincheras irreconciliables, la conversación entre Habermas y Ratzinger sigue siendo un ejemplo de civilidad intelectual. No se trataba de convencer al adversario, sino de comprenderlo.

Por eso, aun desde una posición crítica frente a ciertos presupuestos de su filosofía, el legado de Habermas merece reconocimiento. Su insistencia en la necesidad del diálogo racional y su disposición a escuchar a tradiciones distintas a la suya constituyen una enseñanza que no debería perderse.

Tal vez esa sea la mejor forma de recordarlo: como un pensador que, incluso desde el secularismo ilustrado, comprendió que la conversación entre razón y religión sigue siendo una de las tareas más importantes de nuestra época.