Jim Arrington se impuso en la categoría +80 masculino del Pro Masters World Championships. Se entrena tres veces por semana y sigue una dieta estricta y cuenta con una memoria inolvidable a los 93 años.
Miguel Ángel Niño G.
Primicia Diario
La ciencia contemporánea ha derribado el mito del declive inevitable. Hoy sabemos que la «neuroplasticidad» —la capacidad del cerebro para reorganizarse y crear nuevas rutas— es una herramienta poderosa que, cultivada con disciplina, permite preservar la lucidez hasta las edades más avanzadas. No se trata simplemente de envejecer, sino de construir una «reserva cognitiva» que actúe como un escudo inexpugnable ante el paso de los años.
Desafíos para el «músculo» mental
El cerebro aborrece la monotonía; para fortalecer las conexiones sinápticas, es imperativo abandonar la zona de confort intelectual. A los 40 y 50 años, nos encontramos en la etapa ideal para el aprendizaje profundo: estudiar un nuevo idioma o iniciarse en un instrumento musical no es un lujo, sino una inversión que obliga al órgano a crear redes neuronales inéditas. Al alcanzar los 60 años, la práctica de juegos de estrategia como el ajedrez o el «bridge», sumada a una lectura crítica y constante, consolida la arquitectura mental necesaria para compensar posibles daños estructurales futuros.
Al llegar a los 70 años, el enfoque debe virar hacia la «estimulación multisensorial» y la resolución de problemas cotidianos de forma creativa, como cambiar las rutas habituales o realizar tareas con la mano no dominante. Finalmente, a los 80 años y más allá, la clave reside en la narrativa biográfica y la conexión semántica: relatar memorias con precisión de detalles y mantener una curiosidad activa por los sucesos del presente permite que el cerebro conserve su agilidad y su sentido de propósito.
Nutrición de precisión
La Universidad de Rush ha sintetizado la dieta definitiva para la salud neuronal, combinando los beneficios de los regímenes Mediterráneo y DASH. El «menú de la claridad» exige priorizar el consumo de vegetales de hoja verde, frutos secos, pescados ricos en Omega-3 y bayas —especialmente arándanos y fresas—, reconocidas por sus potentes antioxidantes. Paralelamente, la reducción drástica de azúcares refinados, mantequillas y carnes rojas es vital para evitar la «inflamación neuronal», principal precursora del deterioro cognitivo y la pérdida de retentiva.
Motor de la retentiva
Existe una máxima ineludible en la medicina moderna: lo que beneficia al sistema cardiovascular, protege la memoria. El ejercicio aeróbico regular, como una caminata vigorosa de 30 minutos diarios, incrementa el tamaño del «hipocampo», área crítica para el aprendizaje y la memoria verbal. Asimismo, a partir de los 45 años, el control riguroso de la presión arterial y la glucosa es fundamental para prevenir los «microinfartos» cerebrales, esas lesiones silenciosas que erosionan la capacidad de recordar sin mostrar síntomas inmediatos.
Sueño y entorno social
La salud mental depende de procesos que ocurren tanto en el descanso como en la interacción. Durante el sueño profundo, el sistema «glinfático» activa una limpieza que elimina la proteína beta-amiloide, vinculada directamente a la demencia. Por ello, dormir entre siete y ocho horas es una necesidad biológica de desintoxicación.
Por otro lado, la red social actúa como el mejor antídoto contra el declive; el aislamiento social es uno de los mayores predictores del deterioro mental. Mantener una vida social vibrante reduce el cortisol y mantiene la mente alerta. En este sentido, cobran especial relevancia los chequeos auditivos a partir de los 65 años, pues una pérdida de audición no tratada acelera drásticamente la desconexión cognitiva y el repliegue del individuo frente a su entorno.