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Relaciones tóxicas y dependencia emocional: CUANDO EL AMOR SE CONFUNDE CON EL SUFRIMIENTO

Carolina Martí García

Psicóloga Clínica

No todas las relaciones destructivas comienzan con violencia evidente. La mayoría de las veces inician con una intensidad desbordante, una necesidad constante de atención y una conexión tan profunda que termina por confundir el control con el amor. Desde una mirada clínica y sistémica, la dependencia emocional no surge por simple apego; suele construirse sobre heridas afectivas tempranas como el abandono, el rechazo o la ausencia de seguridad en la infancia. El niño que crece sintiendo que debe esforzarse para ser aceptado se convierte en el adulto que tolera el sufrimiento para no ser abandonado, permaneciendo en el vínculo no por felicidad, sino por la incapacidad emocional de marcharse.

El error común radica en creer que la dependencia es «amar demasiado». Clínicamente, se trata de un apego edificado desde el miedo a la soledad, a la insuficiencia y a la repetición del abandono primario. El cerebro busca familiaridad antes que bienestar, lo que empuja de manera inconsciente a buscar parejas inaccesibles o inestables porque ese tipo de amor se parece al aprendido en la niñez. Al respecto, el psicólogo Joan Garriga, en su libro «Bailando juntos», plantea que el «buen amor» se reconoce porque conduce hacia el bienestar, el crecimiento y la realización personal; cuando una relación genera angustia y desgaste, se está ante un vínculo tóxico que erosiona la estabilidad.

Esta dinámica sumerge a la persona en un estado de hipervigilancia emocional, donde la mente interpreta constantemente silencios, cambios de tono y distancias afectivas mediante interrogantes como «¿será que hice algo mal?» o «¿en qué no fui suficiente?». Estas preguntas, lejos de ser una simple inseguridad personal, son respuestas inducidas por la ambigüedad del entorno. La consecuencia más grave es la pérdida progresiva de la identidad: el dependiente se adapta en exceso para evitar el quiebre, calla sus necesidades, minimiza el dolor, justifica conductas hirientes y se desconecta de sí mismo para sostener el lazo.

Quienes padecen esta situación temen al dolor de la ruptura, pero pocos dimensionan el daño de la permanencia. Sostener un vínculo destructivo deteriora la autoestima, incrementa la ansiedad y altera la percepción del amor, encerrando al individuo en una cárcel emocional donde su único fin es evitar que el otro se vaya. Esta patología se sintetiza en cinco señales claras: la estabilidad emocional supeditada al comportamiento ajeno, el miedo intenso al abandono, la justificación de conductas lesivas, la desconexión de las necesidades propias y la falsa creencia de que la intensidad y el agotamiento son sinónimos de amor verdadero.

Recuperar el derecho a un amor sano exige no solo alejarse, sino sanar la herida interna que hizo creer que el afecto debe doler para ser real. El amor verdadero no humilla, no desgasta, no conduce al miedo ni obliga a perderse para ser aceptado; por el contrario, fortalece la identidad y aporta tranquilidad. En la consulta clínica se constata que es posible recuperarse y aprender a elegirse primero, bajo una premisa fundamental: «nadie debería tener que sufrir para sentirse amado».