El abogado que quiere ser presidente de Colombia.
José María Quevedo
(Licenciado en Comunicación Social, consultor y analista político)
Primicia Diario Argentina
El caso de Abelardo de la Espriella en Colombia trasciende la simple irrupción de un nombre disruptivo en el tablero electoral; funciona como el síntoma local de un fenómeno estructural y de escala continental. Asistimos a la emergencia de liderazgos que no solo desafían las reglas del juego, sino que cortocircuitan las mediaciones tradicionales de la política para conectar con un electorado profundamente atomizado, desconfiado de las instituciones y refractario a las élites tradicionales.
El principal obstáculo para comprender esta mutación es que la analítica convencional insiste en evaluar el ecosistema político actual con herramientas del siglo pasado, generando un peligroso desfase de diagnóstico.
El error de diagnóstico
Apelando a una metáfora médica, si un laboratorio clínico emplea los reactivos equivocados, el diagnóstico fallará no porque la patología no exista, sino porque el instrumento es incapaz de detectarla.
En el análisis político contemporáneo ocurre un fenómeno idéntico. Se persiste en cartografiar la realidad bajo las coordenadas de partidos programáticos, ideologías estructuradas y clivajes históricos (como la clásica dicotomía izquierda-derecha). Mientras tanto, en la práctica se consolidan liderazgos articulados en torno a la gestión de las emociones, la hiperpersonalización, la comunicación directa en entornos digitales y el rechazo explícito a los intermediarios.
Por ello, la primera reacción del establishment suele ser la subestimación o la caricaturización, catalogando estos liderazgos como meras anomalías mediáticas, espectáculos pasajeros o votos de protesta inorgánicos, en lugar de reconocerlos como la expresión de una transformación estructural de la demanda ciudadana.
Del espectáculo al poder
El ascenso de Donald Trump en los Estados Unidos permanece como el gran referente de este error de lectura. En sus inicios, el grueso del aparato mediático y analítico abordó su campaña desde la lógica del rating, el escándalo o la excentricidad del show business.
Aquella mirada superficial impidió ver lo que germinaba debajo: una demanda social legítima, densa y movilizada por el resentimiento hacia las cúpulas de Washington, la ansiedad económica y una profunda fractura cultural. Cuando la rigidez de los datos sociológicos obligó a tomar el fenómeno en serio, el orden político tradicional ya había sido reconfigurado.
La ola de los outsiders
En América Latina, este patrón ha dejado de ser una excepción para convertirse en la norma de los últimos ciclos electorales, manifestándose a través de diversas variantes nacionales:
Brasil (Jair Bolsonaro): Supuso la fractura del mapa político tradicional mediante una narrativa de orden, militarismo y confrontación identitaria frente a las élites progresistas.
Argentina (Javier Milei): Radicalizó la disrupción al demoler consensos institucionales y económicos de larga data, apalancado en una retórica de impugnación total contra lo que denominó «la casta».
El Salvador (Nayib Bukele): Consolidó un modelo de pragmatismo radical e hiperpersonalizado, legitimado por resultados drásticos en seguridad y una redefinición del equilibrio de poderes a través de la comunicación digital.
Chile (Franco Parisi): Capitalizó el descontento post-estallido social mediante un activismo estrictamente digital y antipandillas partidarias, prescindiendo de estructuras territoriales.
Paraguay (Payo Cubas): Encarnó la vertiente más visceral y catártica del voto antisistema, explotando la indignación popular a través de la incorrección política.
Examinados en conjunto, estos liderazgos no son anomalías aisladas, sino respuestas diversas a una misma matriz de agotamiento institucional.
Los motores del cambio
Detrás de esta reconfiguración operan dos vectores de carácter estructural:
El vaciamiento de los partidos: Las organizaciones políticas tradicionales han dejado de ser los vectores estables de identidad y socialización ciudadana. No han desaparecido, pero perdieron el monopolio de la representación; hoy las identidades son volátiles y se construyen por fuera de las siglas partidistas.
La huella psicosocial de la pandemia: La severa expansión del control estatal durante el confinamiento dejó una profunda ambivalencia. Por un lado, instaló una rígida demanda social de orden y seguridad; por el otro, incubó una soterrada desconfianza hacia la intervención y el arbitrio de las burocracias oficiales. El resultado es un ciudadano que exige autoridad, pero recela de quienes la administran.
Individualismo y disolución
A este escenario se añade una mutación antropológica: el auge de un individualismo hiperconectado que erosiona la noción clásica de «comunidad política». El elector contemporáneo ya no busca encajar en un programa ideológico cerrado; consume narrativas fragmentadas y emocionales que resuenen con su metro cuadrado de realidad, lo que eleva la volatilidad electoral a niveles inéditos.
Frente a esto, categorías como «populismo» han terminado por desgastarse, operando más como adjetivos descalificativos que como herramientas científicas. Del mismo modo, el rótulo de «antisistema» resulta útil para describir la impugnación a las élites, pero es insuficiente si se usa como conclusión y no como punto de partida. El verdadero desafío analítico no consiste en etiquetar el fenómeno, sino en descifrar qué demandas subyacen a ese malestar y qué experiencias sociales lo legitiman.
Hacia un nuevo régimen de representación
América Latina no atraviesa una crisis pasajera, sino una transición hacia un nuevo régimen de representación política. La personalización extrema, el repliegue de los aparatos partidarios y la preeminencia de la comunicación directa sin filtros editoriales configuran el nuevo ecosistema.
El desafío para la ciencia política y el periodismo de análisis ya no es determinar si estos nuevos liderazgos se desvían de los cánones de la democracia liberal clásica. La pregunta urgente y de fondo es descifrar qué tipo de orden —o desorden— político está emergiendo de sus cenizas.

