Opinión, TOP

CUENTOS PARA MIS NIETOS

Hernán Alejandro Olano García

Elzira Dantas Machado fue una escritora portuguesa, que vivió en Porto desde sus cinco años, hasta los diecisiete, cuando se casó con el futuro presidente de Portugal y profesor de la Universidad de Coimbra, don Bernardino Machado, con quien tuvo diecinueve hijos.

La obra, escrita en portugués, fue traducida por la jurista chaparraluna Martha Esperanza Ramos de Echandía, abogada por la Universidad Externado de Colombia y Licenciada en Derecho por la Universidad Clásica de Lisboa, Portugal, donde obtuvo, con la más alta calificación la homologación académica por parte del tribunal de convalidaciones el 31 de marzo de 2004. Especialista en Estudios Europeos por el Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de Lisboa y, especialista en Europa, por el Instituto de Estudios de Iberoamérica y Portugal de la Universidad de Salamanca, hace parte de la Asociación Portuguesa de Traductores APT y, desde allí se motivó en promover la figura de Elzira Dantas, quien en 1934 escribió Cuentos para mis nietos, recuerdo de lo que la autora llamó «los buenos tiempos», recordando a sus nietos alrededor de ella y de su esposo, escuchando las maravillosas historias de su país.

El libro, que es parte del legado familiar de los Machado, no se circunscribe a una época o a un país, son historias que transmiten la ternura de la abuela y, que se refuerza con un prólogo del expresidente luso Mário Soares y las lindas ilustraciones de Santiago Díaz López.

Son sesenta y dos cuentos, que, acompañados de bellas ilustraciones, nos invitan a reflexionar y a repasar sobre los girasoles, los cestos de papeles viejos de los abuelos, las mariposas, las abejas, las avispas, la mosca, el león, la golondrina, la tórtola, el pavo, la cabra, el oso, el tigre, el chimpancé, los lobos, los mosquitos, el canario, el colibrí, la hormiga, la gallina, los burritos del tradicional paseo desde Lisboa hasta las riberas del Tajo, las historias de José, Matilde, Adelaida, Juan y María, los castillos de ratones, la nostalgia, el terrón de azúcar, los granitos de arveja, la navidad entre nieve, calor y sol; las muñecas y otros juguetes; las puestas de sol en la playa; el tránsito de la vela a la luz eléctrica; las pompas de jabón, el lápiz y la tinta; la espuma de mar, la pesca de algas, las flores, las hiedras, los almendros, las margaritas, las nubes, las rosas; el anciano y el violinista, el oro, el paseo por el campo, las perlas, etc.

Aunque los cuentos vienen con su moraleja, en su gran mayoría, no dejan de ser vivencias alegres y esperanzadoras, pero, algunas tristes, como el cuento del prisionero de guerra, que logra su libertad al finalizar la Primera Guerra Mundial, para regresar a su hogar y a los brazos de su amada María.

Uno de los cuentos, trae una nota final, que más que para niños, nos interpela a los adultos: «Queridos nietos: La pasión puede alucinar al hombre, arrastrándolo a la orilla de un precipicio fatal. ¡Sí, muchas veces! ¡Sin que una voz protectora lo detenga en su destino y le impida que se arroje al abismo de la desgracia y del dolor!».