Bogotá amaneció y se vistió con un sol radiante, majestuoso, que hace mucho tiempo no se sentía con tanta intensidad en la sabana.
Julián Orozco
Bogotá D.C.
La capital de las chaquetas pesadas, los paraguas siempre listos y el cielo perennemente gris vivió ayer una jornada que desafió su propia naturaleza. Bogotá amaneció y se vistió con un sol radiante, majestuoso, que hace mucho tiempo no se sentía con tanta intensidad en la sabana. Para el ciudadano de a pie, las primeras horas de la mañana parecieron un regalo; un día de verano auténtico y luminoso que invitaba a caminar y a despojarse de los abrigos. Sin embargo, a medida que el reloj avanzaba hacia el mediodía, el idilio estival comenzó a transformarse en un recordatorio sofocante de que el clima del planeta está cambiando sus reglas de juego.
En las calles, el asfalto empezó a irradiar un calor denso e inusual. Los transeúntes, acostumbrados al frío capitalino, buscaban con desespero la tregua de la sombra bajo los árboles de los parques o los aleros de los edificios del centro internacional. Quienes caminaban por la carrera Séptima o la plaza de Bolívar lo hacían con el ceño fruncido y la frente perlada de sudor, una postal más propia de las llanuras o las costas que de una metrópoli enclavada a 2.600 metros de altura. Los vendedores ambulantes de agua y jugos naturales multiplicaron sus ventas en cuestión de horas, atendiendo a una población que no estaba preparada para la sed que impone un termómetro disparado.
Pero el resplandor de este día excelente dejó también sus secuelas. La atmósfera delgada de la altitud andina, que ofrece una menor resistencia a los rayos ultravioleta, cobró factura a los desprevenidos. Al caer la tarde, las salas de urgencias y los centros de salud ambulatorios comenzaron a registrar consultas de ciudadanos con rostros y brazos encendidos: personas visiblemente quemadas por la exposición prolongada y directa ante un sol implacable, reflejo de la falta de hábito de los bogotanos en el uso diario de protectores solares de alta densidad.
Detrás de este panorama de calor y sudor, la explicación científica resulta mucho menos idílica. Los entendidos en la materia —meteorólogos y climatólogos que vigilan los mapas de calor del continente— advierten que este día de verano no es un hecho aislado ni una simple anomalía pasajera. Es la tarjeta de presentación y la confirmación de la llegada del temido fenómeno del «Súper Niño». El calentamiento extremo de las aguas del Pacífico está empezando a golpear con fuerza el territorio nacional, y esta jornada radiante, que para muchos fue un deleite visual, es en realidad la primera alerta de una temporada de sequía y calor extremo que pondrá a prueba los embalses, la salud pública y la resistencia de una Bogotá que aprendió lo que significa sudar en serio.
En las calles, el asfalto empezó a irradiar un calor denso e inusual
El resplandor de este día excelente dejó también sus secuelas. La atmósfera delgada de la altitud andina, que ofrece una menor resistencia a los rayos ultravioleta, cobró factura a los desprevenidos
El calentamiento extremo de las aguas del Pacífico está empezando a golpear con fuerza el territorio nacional, y esta jornada radiante, que para muchos fue un deleite visual, es en realidad la primera alerta de una temporada de sequía y calor extremo
A medida que el reloj avanzaba hacia el mediodía, el idilio estival comenzó a transformarse en un recordatorio sofocante de que el clima del planeta está cambiando sus reglas de juego.
Es la tarjeta de presentación y la confirmación de la llegada del temido fenómeno del «Súper Niño».