Actualidad, Destacadas, TOP

SANTURRONES SE ESCANDALIZAN POR LAS PUTAS TRISTES


LA-MARCHA2-1024x768
Hay quienes tienen el desparpajo de llamar «mujeres de la vida fácil» a las casquivanas como la que acaba de pasar. ¡Vida fácil la de ciertos burócratas y criticones oficiosos!

 

Jairo Cala Otero

Bucaramanga

Especial para Primicia

 

─ Vamos a parrafear ─ me dijo Alfabeto.

─ ¿De qué? ─ le pregunté.

─ De la mojigatería de muchos colombianos puesta en evidencia a propósito del título de la novela Memoria de mis putas tristes, del galardonado escritor de Aracataca, Gabriel García Márquez ─ me respondió.

Y se sentó en uno de los muebles de la cafetería a la que habíamos ingresado. Entonces, no pude menos que seguirle la cuerda porque, además, a mí me llamó mucho la atención el tema.

─ ¿No me pregunta qué significa parrafear? ─ espetó, mirándome fijamente a los ojos.

─ No, señor. Sé que significa hablar. Hablemos ─ le respondí.

Para romper el hielo, empecé diciendo que la frase Memorias de mis putas tristes, con la que el Nobel colombiano titulara una de sus novelas, escandalizó a quienes en público se muestran angelicales; pero que, seguramente, darían cualquier cosa por disfrutar en privado de la compañía de las pelanduscas a las que hace referencia aquella obra literaria del distinguido escritor colombiano. 

─ Me gusta que usted no haya tenido reservas para citar, sin ambages, el título de la novela ─ apuntó mi interlocutor ─. Es que esos «seres angelicales», como usted les dice, se escandalizan del término putas, que es tan castizo como la palabra mamá. Les parece soez, pero lo pronuncian a diario. Si se golpean contra la cama, la tildan de hija de una de aquellas pobres mujeres; si pierden las llaves, se refieren a ellas como las putas llaves; si tienen alguna contrariedad delicada, insultan su existencia diciendo «gran puta vida» ─ anotó mi contertulio. Tomó aire, y anotó a renglón seguido:

─ Es que así se llaman las mujerzuelas: putas, palabra que acogieron los académicos de la lengua española en el diccionario. ¿Por qué sienten tanta vergüenza? ¿Cómo no la sienten en la misma proporción aquellos que proscribieron el término y criticaron a Gabo, cuando ante la menor oportunidad se cuelan en los lupanares o mancebías a buscarlas a ellas, las prostitutas, rameras o putonas como también se las puede llamar? ¡Ni se escandalizan de tantas situaciones vergonzosas de diaria ocurrencia, ante las cuales el oficio de aquellas mujeres que venden minutos de placer resulta nimio e inofensivo! 

Le dije que estaba de acuerdo con él. Que ese término no solamente es legítimo, sino que la sociedad toda lo conoce y acepta. Pero que por posturas mojigatas y santurronas, las cuales resultan risibles, muchos lo censuran y se «hacen cruces».

Los menos atragantados con la palabra puta la aceptan con el argumento de que puesta en el título de una novela de García Márquez  luce bien; y que, claro, por tratarse de un escritor con la alcurnia del premio Nobel de Literatura y, por ende, respetado en el mundo internacional de las letras, a él le queda bien escribirla. Pero que si la usa otra persona, ¡válgame Dios! Y añadí que esa es una argumentación volátil para justificar el uso de esa palabra tan simple, aunque no así la agitada vida de quienes son calificadas con ella. Que es válida no porque haya sido García Márquez quien la usara en una de sus creaciones intelectivas, sino porque por sí misma tiene legitimidad idiomática. Lo que hizo el escritor macondiano fue rescatarla del marasmo, de la marginalidad a la que la tenía condenada la sociedad que peca y reza a diario. Cualquier humano que no sea majadero ni pazguato puede decir y escribir putas, sin sonrojarse. Armar un griterío por esa simpleza es una mamarrachada.

─ ¡Exacto! García lo que ha hecho es devolverle soberanía al vocablo putas, así la sociedad no se la otorgue a las mujeres que ejercen como tales ─ advirtió mi compañero.

Y posando su mirada en una mujer de ropas ligeras, de andar apretado y con sobredosis de maquillaje en el rostro, que pasaba frente al lugar, exclamó:

─ ¡Mire usted, allá va, precisamente, una putica triste. Fíjese en ese rostro marchito, en esa cara de necesidades por satisfacer, que no son propiamente libidinosas, como muchos creerían. Hay quienes tienen el desparpajo de llamar «mujeres de la vida fácil» a las casquivanas como la que acaba de pasar. ¡Vida fácil la de ciertos burócratas y criticones oficiosos!

Como yo percibí que quería seguir el discurso, me adelanté a completarlo por él.

─ También las llaman «mujeres de la vida alegre». No creo que se sienta alegría alguna con semejante vida tan puta. Pobres mujeres… ¡Con las que tienen que vérselas para no dejarse morir de hambre! Algunas se dan esa vida licenciosa (aunque no siempre silenciosa), porque creen que no encontrarán otra alternativa que la de empelotarse a cada rato, a cambio de unos cuantos billetes. Eso es lo que no ven los gazmoños ─ agregué.

─ ¿Gazmoños, dijo usted? ─ me preguntó Alfabeto.

Asentí. Él guardó silencio por un par de segundos. Parecía que revisaba en su «archivador cerebral» para cotejar el significado del término.

Luego, dijo:

─ Ya sé. Buen término, mijo. Eso significa hipócrita, santurrón o beato. ¿Verdad? ─.

─ Así es ─ le respondí.

Y enseguida, añadió:

─ Sí, señor, gazmoños; como todos esos que hicieron escándalo cuando Gabo usó la frase Memorias de mis putas tristes como título en su novela. Esos son puteros solapados que suelen visitar a las damiselas en sus puteríos; viven de putada en putada y ahora quieren posar de castos varones. O son señoras emperifolladas que se escandalizan porque el término les parece grosero, pero no les parece soez cuando lo usan pospuesto a los términos «hijo de». Sociedad pusilánime que se ocupa más de frivolidades que de sus tragedias es sociedad condenada al subdesarrollo.

Apuró el último sorbo de su café, se levantó y se fue.

─ ¿Adónde va, por qué se levanta súbitamente? ─ le pregunté a Alfabeto.

Sonriendo con sorna, respondió que a seguir a la putica triste que habíamos visto pasar hacía pocos minutos.

─ Voy a ver si, como no soy gazmoño, yo puedo convenir con ella una junta… ¡una junta de ombligos ─ dijo a carcajadas, antes de alejarse deprisa.