Álvaro Jesús Urbano Rojas
Columnista
Primicia
Ante la falta de argumentos para detener el arrollador crecimiento de campañas que pretenden romper los esquema partidista y de exclusión, por parte de la desgastada y decadente dirigencia local, aferrada a los partidos tradicionales que utiliza como arma infame la diatriba y la descalificación pública que agreden injustamente a otros candidatos. Muchos de ellos con corresponsales a sueldo, verdaderos sicarios del micrófono, que se venden al mejor postor usando los medios de comunicación y las redes sociales como flancos de denostación hacia otros aspirantes con felonías y trapisondas que degradan la contienda electoral, cuyas injurias y calumnias deshonran de palabra a los contradictores con falacias que sólo están en la malévola intención y en la morbosidad de los dueños del poder, carentes de argumentos para contrarrestar la arremetida de proyectos políticos de convergencia, articulados desde diferentes sectores de opinión; expresiones sociales que con valentía y decoro han decidido participar activamente en el actual proceso electoral.
No pocos cacicazgos se creen con el derecho de hacer acuerdos y encerronas para ofertar electorados que no tienen, por el hecho de tener personería para otorgar avales. Definitivamente estamos en un territorio donde la gran mayoría de sus habitantes sufre de amnesia total y el mal de Alzheimer, cuyo potencial electoral se deja adormilar por paliativos engañosos, sofismas de distracción hábilmente utilizados como la religiosidad, la mal entendida tradición y el pasado glorioso de cuya autoría se vanagloria una dirigencia rancia, decadente y corrupta que ha permanecido por años en el poder, clanes familiares que se resisten a perder los privilegios que le han usurpado a la democracia, adueñándose de los partidos políticos y de su clientela electoral, familias que nos han gobernado heredando sus feudos de padres a hijos, de hermanos a hermanas, aprovechando el gran abismo entre ricos y pobres, patrocinando y promoviendo la lucha partidista, clasista ,elitista y racista, actuando siempre en su beneficio particular, arrogantes egoístas y opresores.
La lucha de clases y el odio entre los conciudadanos, por distingos y diferencias étnicas, religiosas, partidistas, constituyen las talanqueras infranqueables para construir un proyecto de ciudad multiétnico y pluricultural, con cohesión social, incluyente y participativo, que responda a los anhelos de la sociedad y ante todo de caucanidad, sin la odiosa distinción, exclusión, restricción o preferencia, basada en principios de dignidad, equidad y justicia, sin diferencias de linaje, raza, color o género, cuyo objeto se encamina a una dispersión de causas e intereses egoístas carente de identidad ciudadana que garantice el ejercicio social, en condiciones de igualdad en derechos humanos y libertades fundamentales en la esfera política, económica, social, cultural o en cualquier otra dimensión de la vida pública.
Es la hora de construir un proyecto de ciudad que entienda y potencialice propositivamente nuestra propia diversidad, como instrumento válido para superar los problemas de pobreza, improductividad, muertes y conflictos entre nuestros conciudadanos, ante la incapacidad e indolencia de la clase dirigente, movida por intereses particulares que le han dado una dimensión electorera a la política regional, teniendo como consecuencia la dispersión social, la violencia, el desempleo y la falta de oportunidades para la gente de bien.
No se trata de dividirnos y ahondar en odios y desconfianzas que agudicen nuestro conflicto y amplié la brecha de nuestras diferencias, no es conveniente dividir étnicamente nuestro ya fraccionado territorio. Después de ser en el siglo XIX la ciudad más grande e influyente del país, hoy somos un territorio empobrecido e inviable, con una clase dirigente caduca, mediocre y desgastada que requiere su retiro forzado para dar espacios a las nuevas ideas de ciudad. No necesitamos agudizar el conflicto y como Caín y Abel, hacer de nuestro celos infundados la causa de nuestras propias desgracias.
Necesitamos de una convergencia política con acuerdos programáticos sobre lo fundamental, donde quepamos todos sin distingo alguno, tendiente a ejecutar un proyectos de ciudad integrador e incluyente, con políticas sociales de cambio que resuelvan la tensa problemática sobre la tenencia de la tierra, el derecho a la propiedad, a la libre empresa, tendientes a resolver las discrepancias entre indígenas, afrodescendientes, campesinos y a fomentar la inversión privada para superar la ineficiencia y la corrupción de nuestra clase política.
Anhelamos de manera urgente de una propuesta incluyente y participativa, capaz de ejecutar un plan de desarrollo incluyente, responsable y participativo; definido desde un amplio dialogo ciudadano, concebido con un esquema moderno de desarrollo territorial, dinámico, alta gobernabilidad y un tejido social que garantice la gobernanza, orientado a posicionar a nuestro municipio como una ciudad metropolitana en la que vivamos mejor, líder en la gestión del conocimiento, prestadora de servicios tecnológicos, turísticos, agrícola, pecuario y minera, patrimonio de la humanidad, puerta del macizo y eje del departamento del cauca y del occidente colombiano para potencializar internacionalmente la cuenca del Pacífico.
