Noticias, TOP

El «General Sandúa»: EL ÚLTIMO PARTE DE GUERRA

El ‘General Sandúa’ admirado por chicos y grandes, contó con admiradoras.

 

 

Víctor Hugo Lucero Montenegro

Primicia Diario

Aníbal Muñoz Valencia «perdió» su última batalla y, con ella, se extinguió su guerra personal. El «General Sandúa», el estratega de asfalto más respetado de Bogotá después del general Gustavo Rojas Pinilla, entregó su bastón de mando tras un asedio inclemente de fiebre y tos seca. El enemigo invisible de la humanidad fue el único capaz de fulminar al hombre que, durante décadas, hizo del centro histórico su cuartel general.

Nacido en Caldas y forjado en Medellín, Muñoz Valencia arribó a la fría capital a los 38 años. Antes de vestir el uniforme de la dignidad callejera, trabajó como mesero en el restaurante «El Paraíso» de Fontibón y como distribuidor de embutidos. Su vida laboral claudicó en la vigilancia privada, donde la vejez fue su primera carta de despido. Sin pensión y con los bolsillos vacíos —un guion que comparten miles de adultos mayores en Colombia—, el paisa más querido de Bogotá se vio empujado a la caridad, transformando la necesidad en una cátedra de resistencia social.

Su «oficina» no tenía muros; era la libertad misma distribuida entre las bancas del Parque Santander, el Eje Ambiental y el Chorro de Quevedo. Allí, orlado con múltiples condecoraciones y empuñando su vara de mando, Sandúa dictaba sentencia contra la injusticia. Con voz firme, rescataba del olvido las hazañas de Rojas Pinilla y clamaba por la memoria de Jorge Eliécer Gaitán, el caudillo que, según su credo, fue inmolado por la oligarquía.

La fama del «General» no nació del estruendo, sino del afecto. Generaciones de estudiantes, hoy convertidos en magistrados y profesionales, formaron redondelas a su alrededor para escuchar aventuras cargadas de mensajes de paz. Para los niños que lo admiraban en la Candelaria, él era la reencarnación de Simón Bolívar. Hoy, Bogotá lamenta la partida de su habitante de calle más antiguo: un hombre que llevó la libertad impresa en su uniforme de gala y que, hasta el último aliento, reclamó justicia para el pueblo que lo adoptó como su oficial más insigne.

El Oráculo de la Candelaria: No era inusual ver a magistrados de las altas cortes y destacados juristas detenerse en el Eje Ambiental para «rendir novedades» ante Aníbal. Muchos de ellos, que en su época de estudiantes en el Rosario o la Externado compartieron un café con él, seguían viéndolo como un referente de la memoria histórica de Bogotá.

El Protocolo de la Dignidad: A pesar de su condición de habitante de calle, Sandúa mantenía una higiene y una postura militar impecables. Sus condecoraciones, muchas de ellas fabricadas por él mismo o regaladas por oficiales reales que lo admiraban, eran pulidas con esmero. «La pobreza no es excusa para la desidia», solía decir a los jóvenes que lo rodeaban.

Justicia en el Parque Santander: En su «oficina» de la carrera séptima, el General no aceptaba limosnas, sino «contribuciones para la causa social». Cada moneda recibida era devuelta con un discurso sobre la muerte de Gaitán o una lección de civismo. Para él, el Parque Santander no era un lugar de paso, sino el centro de operaciones donde se vigilaba que la oligarquía no «siguiera atropellando al pueblo».

El ‘General Sandúa’ pasó a la historia de Bogotá como el personaje más querido en el centro histórico de Bogotá