Camino de Santiago en el paso de los peregrinos por Arzúa.
Arq. Jorge Noriega Santos
Existen varias formas de viajar para descubrir el mundo, la primera y tal vez la más sencilla es la de ser un típico «TURISTA», el cual va a una agencia de viajes y solicita un paquete por siete días para conocer Europa, prepara una maleta grande y la llena de ropa (por si acaso), lleva una pequeña cámara o el celular, hace su viaje y llega agotado por el trajín, pero siendo muy honesto no está del todo seguro dónde estuvo, conserva algunas fotos, pero no logra identificar los lugares, solo se acuerda que estuvo en sitios muy famosos.
La segunda forma es el «VIAJERO», el cual investiga sobre los sitios a visitar, su maleta es más pequeña, su cámara es mucho mejor, hace el viaje en forma más tranquila y trae fotografías clasificadas y videos para compartir con sus amigos. La tercera forma, es la del «PEREGRINO», que parte de una profunda planeación, prepara una documentación, lee sobre los lugares y se identifica con aquellos que le permitirán tener una experiencia transformadora, su equipaje es elemental, muy liviano, un sombrero, un bordón, una cantimplora, excelente calzado para los recorridos, pero especialmente tiene un alma curiosa que camina más allá de las fronteras, sin ningún afán, con un destino en su mente y un propósito en su corazón. Con esta última versión es que iniciaremos nuestro peregrinaje por el camino de Santiago de Compostela en España.
Uno de los caminos más frecuentados y famosos es el camino francés, que recibe su nombre en honor a Carlo Magno. Este parte de un pequeño pueblo francés en la frontera entre Francia y España llamado San Jean Pied de Port el cual atraviesa el norte de España por siete provincias: Navarra, La Rioja, Burgos, Palencia, León, Lugo y La Coruña (Galicia). Este fue el camino que mi hijo y yo escogimos como peregrinos, con bordón y una vieira (símbolo del apóstol), y en el cual a través de 700 kilómetros de recorrido pudimos experimentar el proceso de convertirnos en peregrinos. Cada provincia que se recorre es diferente a las otras, con paisajes extraordinarios y lugares maravillosos, exquisita y variada comida y excelentes vinos. Nuestra meta era recorrer 35 kilómetros por día, a lo largo del camino el cual se encuentra muy bien señalizado y lleno de posadas, hoteles, refugios y albergues, en estos últimos el peregrino tiene hospedaje colectivo gratis o pagando muy poco por una noche y un pequeño desayuno que le permite recuperar las fuerzas para continuar en su andar.
El camino es una «meditación dinámica», lo cual permite al peregrino hacerle preguntas al camino y con el paso de los días darse cuenta que el camino ha contestado las inquietudes fundamentales, como: ¿Quién soy?, ¿De dónde vengo? y ¿A dónde voy?
Al iniciar el camino, en un albergue, se le entrega al peregrino una libreta en donde se deben recoger los sellos de los sitios visitados. Este documento es revisado en la sacristía de la catedral a su llegada a Santiago y si ha cumplido los requisitos se le expedirá la Compostela, que es una bula papal que le da indulgencia plenaria, la cual permite borrar todas sus faltas y pecados. Como me decía un anciano peregrino de 80 años de origen francés: «que maravilla estamos en cero y podemos empezar de nuevo».
Finalmente, el camino de Santiago de Compostela, independiente del credo religioso o filosófico que cada uno practique, nos muestra una luz para entender el sentido de la existencia humana y comprender que: «el camino es la meta» y «que el camino se hace al andar».
Mojón indicativo del Camino de Santiago. Aparece en él la flecha amarilla ideada por Elías Valiña para señalizarlo.