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Comportamiento: «LOS BARRANQUILLEROS NO VALEMOS MONDÁ»

El Carnaval de Barranquilla, es el espacio donde los habitantes de La Arenosa con el baile y el licor olvidan sus problemas.

Crónica de una Sumisión Inducida

 

Alex Guardiola Romero

La actual coyuntura sociopolítica de Barranquilla revela una preocupante metamorfosis: el paso de una ciudadanía históricamente rebelde e irreverente a una sociedad doblegada por una idolatría que colinda con el fanatismo. El dominio del clan Char no se explica únicamente por su músculo financiero, sino por la implementación de una sofisticada estrategia de comunicación y control social que ha entronizado el «espantajopismo» como nuevo modelo de ciudadanía. Bajo esta premisa, la apariencia y el espectáculo —representados en el baile, el fútbol y el pavimento suntuoso— logran eclipsar las cifras de pobreza extrema y la inseguridad alimentaria que reporta el DANE.

La estructura de poder, descrita por algunos como un «sultanato», ha logrado cooptar los órganos de control y silenciar a la prensa local mediante una mezcla de «chequera rápida» e intimidación. Este régimen de terror simbólico y judicial no solo persigue a los denunciantes de corrupción, sino que ha normalizado el cinismo bajo la máxima de «roban pero hacen». La consecuencia es una ciudad que, a pesar de proyectar una imagen de progreso y opulencia hacia el exterior, se encuentra profundamente endeudada y con sus instituciones al servicio de intereses dinásticos.

El panorama se torna aún más complejo ante la ausencia de una oposición política con estatura intelectual y ética; muchas voces disidentes parecen buscar, más que un cambio estructural, un precio para su propio silencio. En este contexto, el ejercicio del pensamiento crítico se ha convertido en una actividad de alto riesgo. La sociedad barranquillera parece haber aceptado un contrato de «esclavitud voluntaria», donde el ruido del carnaval y la validación en redes sociales ahogan cualquier intento de reflexión profunda sobre el destino colectivo. Como sentencia el autor, mientras la administración pública emula el comportamiento de quien se endeuda para aparentar lo que no tiene, la ciudadanía permanece sumisa, confirmando que, en términos de valor civil, el presente es desolador.

Los barranquilleros profieren asistir al estadio a ver al Junior que invertir dinero en la educación de sus hijos.