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Concierto en la Puerta del Desierto: JINETES EN GIGANTESCOS CABALLOS ÁRABES

La Puerta del Desierto espera a las dos ancianas

 

 

Lázaro David Najarro Pujol

Fotos cortesía de René Fáez Martínez

 

Flor, Cándida, René Fáez (las dos tías y el sobrino) y demás músicos arriban a Marruecos, en África del Norte, país, de 33 millones de habitantes, acariciado por las aguas del océano Atlántico y el mar Mediterráneo.

Es una nación detenida en el tiempo, con una marcada influencia de las  culturales bereberes, árabes y europeas.

Alrededor de las cinco de la mañana tanto Flor como Cándida se despiertan al escuchar a un hombre que recorre las calles emitiendo sonidos estruendosos.

–¡René, René!, parece que allá fuera hay un loco suelto. Escucha como va gritando. –alerta una de las dos mujeres.

Se asoman por la ventana de la habitación y observan al hombre emitiendo sonidos fuertes.

René lo comenta lo que esta sucediendo al productor discográfico y a la periodista que los acompañan.

–No se preocupen, ese es el muecines  encargado recordar a los fieles que es el momento de la oración, para limpiar al alma –aclara el productor discográfico.

Es Al Fayar, el rezo que se realiza antes de que amanezca.

René contempla  desde el balcón, próximo a la ribera, el hermoso paisaje marino de Marrakech, una de las ciudades más importantes de Marruecos. En la plaza disimiles puestos donde se ofertan alimentos, plazas devenidas gran restaurante al aire libre.

La Puerta del Desierto espera a las dos ancianas. Es una zona de transición a la vista del Sahara donde reside la vetusta tribu de los Bereberes.

Marsella está frente a Marrueco y habían abordado el avión y volaron hacia Marsella.

Durante el periplo, de unos 200 kilómetros, de Marrakech hasta Ouarzazate  Flor, Cándida, René y los demás músicos cubanos contemplan de campos de labranza. Penetran en la cordillera del Atlas, para vislumbrar una hermosa panorámica de valles y pequeñas poblaciones.  Llegan a la Puerta del Desierto. Imaginan «Tombuctú, 52 días», la  caravana de camellos que tardaba ese tiempo en llegar a las orillas del Níger.

Casi sin sacudirse el polvo del camino, parafraseando al Héroe Nacional de Cuba, José Martí, se inicia el concierto y comienzan a llegar jinetes, vestidos de negro de pies a cabeza, montados en gigantescos caballos árabes. En sus cinturones, enormes espadas.

Aquel panorama es impresionante. El improvisado escenario en aquella plaza, en la misma Puerta del Desierto, se encuentra repleto. Los espectadores están sentados en cojines con las piernas cruzadas.

Las voces de las dos mujeres mantienen conmovidos a los espectadores, a quienes se les van uniendo más jinetes. Ellas, muy impresionadas, al vivir uno de los momentos más emocionantes de sus giras por el extranjero.

Las canciones hacen vibrar la plaza. Flor y Cándida interpretan Santa Cecilia: «Por tu simbólico nombre de Cecilia/ tan supremo que es el genio musical. / Por tu simpático rostro de africana/ canelado se admiran los matices de un vergel».

Los espectadores aplauden con pasión. Las Hermanas Fáez siguen cantando la hermosa melodía: «Y por tu talla de arabesca diosa indiana, / que es modelo de escultura del imperio terrenal, / ha surgido del alma y de la lira/ del bardo que te canta / como homenaje fiel / este cantar cadente, / este arpegio armonioso/ a la linda Cecilia bella y feliz mujer…»

En la plaza las dos ángeles reciben más y más aplausos en cada melodía.  René se sorprende a ver aquellos hombres:

– Flor, Cándida, mira, esa gente. Son imponentes.

De pronto, los jinetes despliegan una gran pancarta y comenzaron a vitorear:

«¡Viva Fidel Castro! Viva Cuba».

Las dos hermanas, levantan el vaso y brinda por Fidel, Cuba y los jinetes denegro que las victorean con encima de sus caballos árabes en señal de admiración a la mayor Isla del Caribe.

«Esa gente que viven en medio del desierto, conocen a Fidel Castro y a Cuba. Hemos llegado lejos. El ejemplo de Cuba y de Fidel ha llegado lejos», reflexiona René. Flor, Cándida, Pancho Amat y Rene.Montpellier