La majestuosa montaña que custodia Bogotá, coronada por su emblemático templo
Víctor Hugo Lucero Montenegro
Primicia Diario
Mientras la capital de Colombia duerme bajo el manto de la madrugada, un ritual ancestral, tan antiguo como la fe y tan moderno como la disciplina, se gesta a los pies del imponente Cerro de Monserrate. Aún sin que los primeros rayos del sol pinten el cielo, un grupo de siete almas intrépidas ya desafía la oscuridad, sorteando la entrada peatonal cerrada, linterna en mano, para iniciar una travesía que solo los más devotos o los más entrenados emprenden. Su destino: la cima donde el templo vigila la capital, para luego descender hasta la carretera de Choachí (kilómetro 11) para añadirle un giro inesperado a su ya exigente rutina semanal.
Entre Atletas y Peregrinos
A medida que el reloj se acerca a las cinco de la mañana, el frío bogotano de 8 grados Celsius se encuentra con la energía que emana de los primeros deportistas. Algunos calientan el cuerpo con un tinto humeante, mientras el ritual se formaliza con la apertura puntual de la puerta principal. Una veintena de atletas, habitués de esta escalada que para muchos sería un suplicio, inician el ascenso con un paso que denota familiaridad y resistencia. Pronto, el sendero empedrado se llena de más figuras: hombres y mujeres en edades que oscilan entre los 7 y 75 años en sudaderas, pantalonetas o abrigos improvisados, cada uno con su propio ritmo y su propia motivación. Algunos buscan romper récords personales, otros simplemente disfrutan de la conversación, mientras que un grupo de peregrinos, descalzos y en silencio, convierten cada paso en una oración, buscando en la cima el consuelo espiritual.
Guardianes de la Montaña
Monserrate no solo atrae a deportistas y fieles, sino que también ha sido testigo de la determinación de figuras públicas. Antonio Navarro, desafiando su pierna ortopédica, ha conquistado la cumbre en múltiples ocasiones, y el expresidente Juan Manuel Santos también ha dejado su huella trotando por sus senderos. El exministro de Justicia, Wilson Ruiz, conocido por su disciplina y pasión, es un asiduo escalador de la montaña bogotana, enfrentando sus exigentes senderos con notable frecuencia y un paso firme y enérgico. Se espera que varios aspirantes a la presidencia emulen estas proezas en busca de una imagen atlética. Sin embargo, pocos igualan la constancia de Silvio Alomia Calonge, un abogado tratadista que, con cuatro ascensos semanales, es un referente de disciplina para los asiduos, mejorando sus tiempos con admirable persistencia,derrotando en algunas ocasiones a sus eventuales rivales. La seguridad en la montaña, vital para sus miles de visitantes, está a cargo de un equipo de una docena y media de policías y un grupo de vigilantes, donde se destaca un costeño de apellido Petro, (desconoce si es familiar del presidente de Colombia) cuya labor es fundamental para mantener el orden junto a su perro guardián, bajo la supervisión de un comando apostado en la Circunvalar.
Escalones y Vistas que Quitan el Aliento
La subida a Monserrate, un ascenso de 3.150 metros sobre el nivel del mar, es una lección de humildad y resistencia. Las primeras gradas, engañosamente suaves, pronto revelan la exigencia del camino. Un tramo plano inicial ofrece un falso respiro, pues la inclinación persiste, demandando un esfuerzo constante. La ruta se entrelaza con puntos de control, y luego se adentra en secciones de gradas que ponen a prueba la capacidad humana. Tras un breve llano custodiado por carabineros, la ascensión se recrudece con más escalones que obligan a sacar fuerzas de flaqueza. El «Pueblito», a mitad de camino, se convierte en un oasis de refresco y un punto de recarga vital, aunque la temida «Quiebra Patas» aguarda justo después, una pendiente que se antoja interminable y que ha ganado su nombre a pulso.
Recompensa en la Cumbre
Superado el túnel y una última serie de ascensos, el agotamiento es palpable, pero el espíritu se reanima con las arengas de «Don Jorge», conocido por todos como «Don Ánimo», el invidente que, con su «¡Ánimo, solo faltan 10 minutos! para coronar», se ha convertido en un motivador indispensable.
Tras superar el último embate ascendente, el caminante emerge a una planicie celestial, donde la recompensa es inmediata: la majestuosa vista de Bogotá desplegándose bajo sus pies. Este remanso, más que un simple descanso, se convierte en un punto de encuentro; algunos jadean mientras esperan a sus compañeros, otros, con una chispa de energía reservada, aprovechan para un último sprint, persiguiendo la marca personal en el cronómetro invisible. Pero la tregua es efímera. Al final de este respiro, la gran puerta del templo de Monserrate se alza imponente, marcando el inicio de la recta final: dos tramos definitivos donde cada gota de fuerza restante se invierte en la gloriosa conquista de la cumbre.
Finalmente, un tramo pavimentado conduce a la meta: la puerta grande del templo. La palabra «coroné» resuena entre jadeos, y la primera pregunta es siempre la misma: «¿En cuánto tiempo subiste?». Los tiempos varían, desde los impresionantes 25 minutos hasta más de una hora y media, muy lejos del récord de Andrés Ruiz, quien cronometró el mejor tiempo, con 18:59. logrado en una carrera atlética.
Una vez arriba, los cuerpos cansados buscan estiramientos, hidratación, un momento de oración en el templo o la misa. Algunos eligen el Teleférico o el Funicular para el descenso, mientras otros, desafiando la advertencia de las rodillas, optan por el camino de vuelta a pie, con la satisfacción de haber conquistado la montaña que vela por Bogotá.
Las icónicas arengas de ‘Don Jorge’, ‘Don Ánimo’ para quienes lo conocen, son parte de la experiencia de Monserrate. Este invidente se ha vuelto un motivador clave con su ‘¡Ánimo, solo faltan 10 minutos! para coronar’.
Desde atletas en busca de desafíos personales hasta la gente del común que emprende la ardua subida.
Rodolfo Franco inmortaliza el Centro de Bogotá desde Monserrate. Su lente nos permite apreciar la magnitud del Edificio Bacatá, el gigante de la capital, y el resto del paisaje urbano.
Cada domingo, Monserrate atrae a multitudes de bogotanos que buscan una dosis de ejercicio o un agradable paseo. Es, por excelencia, el punto de encuentro y recreación más concurrido de la capital.