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Cuando la lluvia llora: GAZA, EL CATATUMBO Y EL GRITO DE LA TIERRA

Gaza, un grito desesperado

La lluvia sigue llorando en Gaza, el Catatumbo, el Cauca y el Chocó. Una lluvia que anhela limpiar de odio y egoísmo nuestros corazones.

 

 

 

Óscar Javier Ferreira Vanegas

La naturaleza, en su infinita sabiduría, nos habla constantemente. Pero el ser humano, en su afán de control, ha parcelado el mundo con fronteras físicas y del alma. La noción de «propiedad» lo llevó a adueñarse de la tierra, y a partir de allí, credos y filosofías tejieron la política que, a su vez, construyó países y dividió el planeta.

El determinismo económico y la ambición de naciones pequeñas, arrinconadas por sus propios límites, engendraron el expansionismo colonialista. Así, unas pocas potencias se adueñaron del mundo occidental, fragmentando a la humanidad entre fuertes y débiles, potentados y desvalidos. El imperialismo, esa extensión del dominio por la fuerza militar, económica o política, se convirtió en la cruda realidad global.

Guerras: el negocio y la utopía de la paz

Las guerras se volvieron una constante, justificando la injusticia y las masacres en la lucha por el poder. Surgieron imperios, con uniones estratégicas entre grandes casas, sin amor, solo por conveniencia. Incluso la fe se transformó en un vasto negocio. El egoísmo humano se expandió, afianzándose en el poder político y consolidando una división que aún persiste: la derecha y la izquierda. La balanza de la justicia parece inclinarse siempre hacia los poderosos; el dinero, el gran corruptor, compra conciencias e impone la voluntad del mejor postor.

Las guerras son implacables y sombrías. Solo después de un sufrimiento desgarrador, la sociedad parece redimirse y «predicar la paz», dando paso a etapas de convivencia donde el arte florece y el individuo vuelve su mirada al espíritu. Sin embargo, hoy la paz es una utopía. Las armas representan un negocio multimillonario para las naciones poderosas. La muerte se justifica, y los grandes líderes, convertidos en guías erráticos, conducen a sus pueblos a la fatalidad. La muerte acecha, justificada para proteger fronteras que son meras ilusiones. Mientras la tierra se divide, los poderosos se unen y se apoyan en sus conflictos, amparados en ideologías que ya no existen, convertidas en falsos bastiones que solo esconden el poder político y económico.

La era de la manipulación y el lamento de la Tierra

La influencia de las superpotencias mundiales es innegable, mostrándose las fauces unas a otras. Los avances tecnológicos son asombrosos: ya no solo se disparan misiles, sino drones cargados de explosivos. La guerra mediática en internet manipula conciencias, y la malicia humana guía a líderes que persiguen a los «inmigrantes», olvidando que sus propios ancestros también lo fueron.

La Madre Tierra observa y siente con pesar cómo su hijo predilecto se suicida. Llora su lluvia melancólica sobre la humanidad. Llueve torrencialmente en Gaza, donde niños y ancianos mueren en una guerra fratricida, un eco bíblico de Caín y Abel. Dios no elige; para Él, todos somos iguales bajo el mismo sol. Truena y relampaguea en la frontera indo-pakistaní. Llueven misiles en Gaza y Ucrania; y no escampa en el Catatumbo, ni en el Cauca, ni en el Chocó.

Mientras, en el Congreso de la República, los dirigentes lanzan misiles verbales –los mismos que destruyen muchos hogares– para dividir y destruir la patria. En el «supermercado de las vanidades», se venden mentiras disfrazadas de verdades, ilusiones y falsos sueños. Los medios de comunicación manipulan, perpetrando un lavado cerebral masivo que impone el hedonismo egoísta como doctrina, distorsionando la información y desacreditando a los opositores.

El hombre, en su locura, rinde culto al placer, encerrado en la cárcel de su egoísmo, masacrando a sus semejantes y olvidando su espiritualidad. Pero la Madre Naturaleza levanta su voz, recordándole a su hijo descarriado que, si no cambia de rumbo, la autodestrucción es inminente.

La lluvia sigue llorando en Gaza, el Catatumbo, el Cauca y el Chocó. Una lluvia que anhela limpiar de odio y egoísmo nuestros corazones. De la tristeza de la guerra, el ave de la paz busca emerger. Porque Dios, a pesar de todo, siempre nos da una nueva oportunidad.