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EL FANTASMA

Pilar Muñoz 

Recorrí este fin de semana varios municipios de Boyacá. Y en casi todos ellos,  la conversación giró en torno a un reciente concierto con alguna de las figuras populares de la actualidad.

«La gente quiere música y licor. Escuchar a todos esos personajes y son felices», me decían. Ha ido desde rancheros, mexicanos, vallenatos, orquestas hasta malos imitadores como los hermanos de Darío Gómez.

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Está bien que la gente quiera gozar de un concierto o una buena cena con algo de licor, pero lo que pudimos concretar es que hay un turismo de borrachera. Se trata de miles de jóvenes que van de pueblo en pueblo, yendo a los conciertos, cantando y tomando hasta las manijas.

Los alcaldes creen que con llevar músicos que cobran hasta 400 millones de pesos o más si son internacionales, van a divertir a su pueblo. Es mentira.

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Sólo atraen a cientos de personajes que pasan de rasca en rasca cada ocho días. Llegan con sus camionetas, sus muchachas a medio vestir, haciendo ruido y se van por el mismo camino, sin un consumo para los pequeños empresarios del municipio.

Cada artista va con su sonido, vallas, tarimas, humo y con sus vendedores de licor y de comida.

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Los de las tiendas o supermercados locales deben cerrar sus puertas porque no les permiten vender.

Mientras se pagan conciertos populares, las escuelas se caen, no hay pupitres, los refrigerios que les dan son de pésima calidad, las carreteras están sin mantenimiento porque no hay para el acpm y los hospitales huelen a corrosión.

¿Vale la pena pagarle a un personaje de música popular 300 millones de pesos? ¿Se justifica gastar más de 700 millones por un rato de música que no deja mensaje positivo alguno? ¿Se equipara que se gaste más de 2 mil millones de pesos en un cantante puertorriqueño? ¿Vale la pena quemar en reguetón millonadas que bien podrían ahora servir para paliar la difícil situación de zonas como Catatumbo o el Cauca?

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Es hora que los mandatarios locales, las entidades de control y el autoexamen de todos valoren un poco lo que están realizando con este tipo de conciertos. El palo no está para cucharas, dice el viejo y conocido refrán popular.

De otro lado, quienes deben de parar la envidia son los hermanos de Darío Gómez, el Rey del Despecho, un verdadero ídolo que grabó más de 900 canciones y que se dio a conocer internacionalmente.

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Ahora salen resentidos en programas radiales, de televisión y en redes sociales a despotricar de su hermano, de la esposa Olga y de la productora de televisión con excusas  de toda índole.

Cuando ellos logren siquiera un 5% del éxito de Darío, pues preparen sus novelas, sus documentales y adelante, mientras tanto, cállense las boquitas.

Resultó deplorable ver cómo luchaban por cantar «Nadie es eterno en el mundo» y las canciones de Darío, en la velación de su despedida.