La imagen que capturó la esencia de un encuentro extraordinario: Juan David, quien había proferido amenazas contra el presidente Gustavo Petro, encontró en el perdón del jefe de Estado y en un abrazo sincero la disolución de su odio y el camino hacia el arrepentimiento.
Fernando Cortés
Los discursos, a veces, trascienden los fríos escritorios para grabarse en la piel erizada, en el calor de un abrazo inesperado o en la vibración de un corazón latiendo al unísono. Este fue el caso del presidente Gustavo Petro, antes de dirigirse a la multitud en la plazoleta de La Alpujarra, en Medellín, vivió un encuentro que, según sus propias palabras, lo conmovió hasta lo más profundo: el de un joven que, días antes, lo había amenazado de muerte a través de las redes sociales.
Todo comenzó cuando el presidente, mientras revisaba sus plataformas digitales, se topó con un mensaje inquietante. Era de un joven con acento paisa, aparentemente de las comunas populares de Medellín, quien, con pelo largo y declarándose exmiembro del Ejército, profería una severa amenaza: encontraría y mataría a Petro. La reacción presidencial fue inmediata y directa: «Miren a ese muchacho a ver dónde está y pregúntenle por qué dice eso».
La búsqueda se inició y el contacto se logró. Le preguntaron si estaría dispuesto a hablar con el presidente, y el joven, sorprendentemente, aceptó. La cita se concretó, coincidiendo con la visita del jefe de Estado a la capital antioqueña para liderar la movilización en pro del pacto por la paz urbana en el Valle de Aburrá.
Previo a subir a la tarima de La Alpujarra, el presidente y el joven, identificado como Juan David, sostuvieron un breve pero simbólico encuentro. Momentos después, el mandatario se refirió a él en su discurso ante los cerca de 10 mil asistentes.
Tras mencionar el impacto que le causó la amenaza de muerte, el presidente Petro reflexionó: «Yo hubiera podido tener la opción de denunciarlo y de que fuera a una cárcel, donde quizás a Juan David lo matarían en esas cárceles, que sabemos cómo son. Quizás no tendría más vida, más oportunidades. La muerte acecha por todos lados. Decidí que, mejor, habláramos con él aquí atrás».
«Él venía con un tío o algún familiar —continuó el presidente su relato— Estaba asustado, porque no sabía qué le esperaba. Y hablamos. Solo le pregunté por qué tanta rabia si yo no le había hecho ningún daño. Y algo me dijo, pero estaba llorando. Y me pidió perdón por lo hecho, que no sabía por qué, porque tenía algún problema en la cabeza».
En este punto, el mandatario describió la intensidad del momento de abrazo, perdón y reconciliación: «Yo decidí que mi respuesta no podía ser sino abrazarlo, darle un beso en la cabeza, desearle la mejor de las suertes. Sentí su corazón latiendo al lado de mi pecho. Las energías que siempre que se acaricia, que siempre que se toca al ser humano, se sienten cómo se transmiten. Es una comunicación diferente, no es de palabras».
«Juan David fue abandonado por sus padres, tiene apenas 20 años. Su corazón, colmado de odio, espero que ahora se llene de amor y encuentre la fortaleza para subsistir en este mundo», manifestó un conmovido presidente Petro durante el acto en La Alpujarra, un evento precisamente centrado en brindar oportunidades de vida a los jóvenes de las comunas, azotados por la violencia histórica.
Esa tarde, entre arengas y discursos por la paz, quedó grabada en la memoria de los asistentes la trascendencia de aquel suceso: la posibilidad de que una amenaza se transforme en perdón. Y que, por un instante, el corazón de un país innecesariamente dividido, vibre al unísono en el pecho de quienes se atreven a mirar al otro sin temor.