«Mujer u hombre de alto valor» se ha vuelto omnipresente. Inunda nuestros reels, protagoniza podcasts, decora citas de Instagram y domina las conversaciones de café.
Últimamente, el término «mujer u hombre de alto valor» se ha vuelto omnipresente. Inunda nuestros reels, protagoniza podcasts, decora citas de Instagram y domina las conversaciones de café. Pero, ¿de qué hablamos realmente cuando invocamos el concepto de «alto valor»? Es vital aclarar lo que no es:
No es tener una agenda saturada y cero responsabilidad emocional.
No es esgrimir un «yo soy así» como excusa para evitar cualquier examen de introspección.
No es confundir el establecimiento de límites con el acto de desaparecer sin dar explicaciones.
El mito de los gurús
Vamos a diseccionar qué significa ser un Hombre o Mujer de Alto Valor (MAV/HAV) sin la necesidad de habitar un penthouse en El Poblado o expresarse como si acabáramos de emerger de un retiro de silencio en Guatavita.
El Hombre de Alto Valor: Según el canon de internet, es aquel que asiste al gimnasio a las 5:00 a. m. (y lo documenta, por supuesto), consume café negro porque «el dulce es para los débiles» y lidera un emprendimiento incomprensible pero que evoca transacciones en dólares. Pareciera que, si no viste camisas tipo polo ceñidas y pontifica sobre «liderazgo» frente a un automóvil de alta gama, su valía se desvanece.
La Mujer de Alto Valor: Según este relato, ella no concreta citas; ella «concede audiencias». No camina; levita. Impone límites tan inalcanzables que ni la NASA lograría franquearlos. Aparentemente, su estatus le impide dividir una cuenta —incluso si solicitó el plato más costoso—, consume matcha religiosamente y responde mensajes con la celeridad de una entidad gubernamental: tres días hábiles después y solo si su voluntad se lo permite.
Una mirada psicológica
Desde la psicología, este fenómeno suele ser un mecanismo de compensación. Cuando experimentamos un vacío profundo en nuestro autoconcepto, intentamos obturarlo con estatus, normas rígidas y una jerarquía social imaginaria.
Este concepto suele disfrazar heridas de abandono y de humillación. Al convencerme de que soy un «activo premium», obtengo la ilusión de control sobre el mercado afectivo. Es, en la práctica, una forma de apego evitativo organizado: «No necesito a nadie que no esté a mi nivel», una barrera perfecta para evitar la intimidad real, pues esta última aterra. En la intimidad no eres un «diamante», sino un ser humano con miedos y manías. Es, en esencia, intentar resolver una carencia de amor propio con una estrategia de marketing personal.
