Consumo de cocaína creció 60% en 3 años
Julián Orozco
Bogotá D.C.
Esta es una crónica que recorre las grietas de una ciudad que muchos prefieren no mirar, donde el polvo blanco no es sinónimo de fiesta en clubes del norte, sino de una condena silenciosa en el asfalto frío.
El rastro del «perico»
Son las 2:00 a. m. en un callejón sin nombre de la localidad de Santa Fe. El frío de Bogotá no solo cala en los huesos, sino en el ánimo. Aquí, la cocaína no llega en bolsas selladas al vacío ni con nombres de alta pureza; llega en pequeños envoltorios de papel de cuaderno o plástico quemado, conocidos como «bichas».
A diferencia de las zonas de rumba de la 85 o la 93, donde la cocaína es un acelerador social, en los barrios pobres de la capital es un anestésico para el hambre y el olvido. El olor no es a perfume caro, sino a una mezcla de bazuco, humedad y smog.
El lenguaje
En estas calles, el negocio tiene su propio código. El «jíbaro» no es un desconocido; a veces es el vecino que todos saludan por miedo o por necesidad.
La «vuelta»: El acto de comprar, que dura apenas tres segundos entre un apretón de manos y un susurro.
El «campanero»: Jóvenes, a veces niños, que silban o gritan cuando ven las luces verdes y rojas de la policía doblando la esquina.
El «empuje»: Ese momento de euforia química que les permite a muchos recicladores o habitantes de calle aguantar jornadas de 18 horas cargando carretas bajo la lluvia.
Polvo y el barro
El contraste es brutal. Mientras Colombia exporta toneladas de alta pureza, lo que se queda en las calles de Ciudad Bolívar o Bosa es a menudo un producto «estirado» o rendido con cal, polvo de ladrillo o harina.
Para el joven de la barriada que cae en el consumo, la cocaína es una puerta de entrada que rápidamente se convierte en muro. El dinero que falta para el arriendo o la leche se va en un suspiro que dura veinte minutos. En las mañanas, cuando el sol bogotano intenta romper la neblina, se ven los restos del naufragio: rostros pálidos, mandíbulas tensas y la mirada perdida de quien ya no sabe si vive en la ciudad o en el vacío que deja el efecto al desaparecer.
Herida abierta
Bogotá es una ciudad de espejos. En uno, la cocaína es poder y exceso; en el otro, el de las calles pobres, es una cadena que amarra a familias enteras a la violencia de las fronteras invisibles. No es solo un problema de orden público, es una tragedia de salud mental que se cocina en ollas de miseria donde el Estado suele llegar con botas, pero rara vez con oportunidades.
El dinero que falta para el arriendo o la leche se va en un suspiro que dura veinte minutos.
