Felipe Gilinski, un impostor que cambió legalmente su apellido para simular cercanía con la poderosa familia banquera, estafó a la élite antioqueña mediante falsos negocios de inversión. Su sofisticado engaño terminó en enero de 2026 con su captura, dejando una lección sobre el riesgo de priorizar el linaje sobre la lógica financiera.
Carlos F. Genaro J.
Medellín
La historia de Felipe Gilinski Coronado —cuyo rastro original nos remite a un pasado menos aristocrático bajo el nombre de Juan Carlos Posada— es el relato de un espejismo que costó miles de millones. Mientras el verdadero Grupo Gilinski libraba batallas de titanes por el control del Grupo Empresarial Antioqueño (GEA), este impostor decidió ejecutar su propia «OPA emocional» en los clubes sociales de El Poblado y las haciendas de Rionegro.
El apellido como armadura
A diferencia de los estafadores rústicos que se valen de alias, este hombre llevó la simulación al mármol del registro civil. Aprovechando resquicios legales y procesos de filiación, logró que su apellido fuera legalmente Gilinski. Con una cédula auténtica que rezaba el patronímico de los banqueros más poderosos del país, el camino quedó pavimentado. Ante la ley, y ante cualquier incauto que exigiera ver su documento, él no fingía: él era, por derecho de papel, un Gilinski.
El «Modus Operandi»
Su estrategia no fue el volumen, sino la exclusividad absoluta. Se presentaba como un sobrino o primo cercano de Jaime Gilinski, un enviado especial a Medellín con la misión de «limar asperezas» tras las tensiones corporativas de las OPA.
Felipe Gilinski no buscaba a sus víctimas; permitía que ellas lo encontraran. Vestía trajes de corte italiano, frecuentaba los campos de golf más exclusivos y se desplazaba en vehículos blindados escoltados por hombres de apariencia castrense.
Ofrecía acceso a «negocios de círculo cerrado» prohibidos para el inversionista común: rondas de capital en tecnología y rescates empresariales donde el nombre Gilinski garantizaba el éxito.
Solicitaba capitales semilla para «apalancar» movimientos financieros inminentes, prometiendo retornos que desafiaban la gravedad económica, pero que, bajo el aura de su apellido, resultaban hipnóticamente creíbles.
El «impuesto a la vanidad»
Lo más punzante de esta crónica es que el engaño no atrapó a personas desprevenidas, sino a curtidos empresarios, ganaderos y figuras de la élite antioqueña. Deslumbrados por la posibilidad de ser socios de un Gilinski en tierras paisas, muchos omitieron las debidas auditorías.
«Fue el triunfo del apellido sobre la lógica comercial; un tributo pagado a la exclusividad».
Aunque el hermetismo de las víctimas es total por temor al escarnio social, las autoridades estiman que el fraude superó los $100.000 millones de pesos.
El castillo de naipes se desplomó el pasado 30 de enero. Tras una investigación de la Fiscalía, Felipe Gilinski Coronado y su esposa, Manuela Jiménez Gutiérrez, fueron capturados y presentados ante un juez por estafa agravada. Aunque se declararon inocentes, el mito del «primo de Medellín» se disolvió en las celdas judiciales.
El final del espejismo
Hoy, el hombre que una vez fue el invitado de honor en las cenas más exclusivas de Antioquia espera juicio. Su historia queda como una advertencia grabada en las montañas del Valle de Aburrá: en el frío mundo de los negocios, un apellido en la cédula no siempre es garantía de un saldo en el banco, y a veces, la ambición de pertenecer es el mejor aliado del estafador.