«La posesión no es un juego; es el sufrimiento más profundo del alma. He visto a personas hablar en latín perfecto sin haber estudiado una sola palabra en su vida, o demostrar una fuerza tal que cuatro hombres adultos no podían contenerlas».
Psicología
Primicia Diario
El debate sobre la posibilidad de que un ser humano sea poseído por un «espíritu del mal» se mantiene como uno de los cruces más fascinantes y tensos entre la fe y la razón. Mientras que para diversas confesiones religiosas este fenómeno representa una batalla espiritual tangible, la ciencia moderna lo cataloga bajo el espectro de la psicopatología o las respuestas psicosomáticas. Este informe explora las dimensiones de un misterio que, lejos de desaparecer, se transforma según el lente de quien lo observa.
La batalla espiritual
Para religiones como el catolicismo o el cristianismo pentecostal, la posesión es una posibilidad real y aterradora. El rito del exorcismo, amparado por el «Rituale Romanum», es la herramienta de la Iglesia Católica para enfrentar lo que consideran una usurpación del cuerpo por entes malignos. Los teólogos se basan en signos denominados «preternaturales» para diagnosticar este estado.
Un exorcista con décadas de experiencia en la arquidiócesis describe el fenómeno con cautela: «La posesión no es un juego; es el sufrimiento más profundo del alma. He visto a personas hablar en latín perfecto sin haber estudiado una sola palabra en su vida, o demostrar una fuerza tal que cuatro hombres adultos no podían contenerlas». Este tipo de testimonios alimenta los cuatro pilares del diagnóstico religioso: la glosolalia (hablar lenguas desconocidas), el sansonismo (fuerza física sobrenatural), la clarividencia y la aversión visceral a los símbolos sagrados.
Psiquiatría y neurociencia
Desde la medicina, la interpretación es radicalmente distinta. La ciencia no admite la existencia de demonios, pero sí reconoce cuadros clínicos que imitan perfectamente la sintomatología de la posesión. El Trastorno de Identidad Disociativo (TID) es el diagnóstico más común en estos casos, donde el individuo siente que una «identidad ajena» ha tomado el control.
Incluso la Organización Mundial de la Salud, en su manual CIE-11, reconoce el «trastorno de trance y posesión», aunque lo vincula estrictamente a factores psicológicos, culturales o de estrés postraumático. Una psiquiatra clínica explica su perspectiva sobre estos episodios: «Lo que el paciente interpreta como un demonio es, a menudo, una personificación de un trauma severo que el cerebro no puede procesar de otra forma. La mente crea un «otro» para cargar con el dolor o la rabia que el yo consciente no se permite sentir». En otros casos, cuadros de psicosis o esquizofrenia generan delirios de control donde el sujeto cree ciegamente que una entidad externa dicta sus actos.
Antropología y sugestión
La antropología añade una capa social al fenómeno, entendiéndolo como un mecanismo de catarsis o una respuesta a la sugestión colectiva. En ciertas comunidades, la posesión permite a los individuos expresar frustraciones o deseos prohibidos sin enfrentar el juicio social, ya que «es el espíritu quien actúa, no la persona».
Un investigador de fenómenos culturales anota lo siguiente: «En entornos con una creencia profunda en lo sobrenatural, la sugestión puede ser tan potente que el cuerpo reacciona de forma física. Es lo que llamamos histeria colectiva o autosugestión; el cuerpo se dobla y la voz cambia porque la persona está convencida, a un nivel celular, de que algo la habita».
Conclusión
La veracidad de la posesión depende, en última instancia, del sistema de creencias que se aplique. Como se suele afirmar en los círculos académicos: «Lo que para un creyente es un combate espiritual contra el mal, para un neurocientífico es una disfunción en los lóbulos temporales o un mecanismo de defensa del subconsciente ante un trauma insoportable». La frontera entre el espíritu y la sinapsis sigue siendo uno de los territorios más oscuros del conocimiento humano.