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EL SECTARISMO DESTRUCTOR

Nuestra historia es un ciclo de odios heredados. La llamada «Patria Boba» no fue más que una lucha fratricida que aniquiló el sueño libertario del 20 de julio y facilitó la reconquista realista; debieron transcurrir nueve años para que el genio de Simón Bolívar sellara el triunfo definitivo.

 

 

Óscar Javier Ferreira Vanegas

Colombia es, por esencia y desgracia, un país sectario. Resulta doloroso aceptar y observar cómo el fanatismo extremo fractura nuestra sociedad. Aún resuenan los ecos de aquellas épocas aciagas en las que familias enteras se desangraban por defender trapos de colores distintos. Fuimos testigos de masacres programadas y del aniquilamiento de linajes, todo por seguir proyectos predicados por políticos aferrados a sus propios intereses. Durante décadas reinó un absolutismo dominado por gamonales y la «ley del garrote», privilegiando a una élite que se blindó en el poder. Fue ese escenario el que germinó una oposición radical que derivó en la confrontación armada; desde entonces, no hemos conocido otra identidad que la de un país en guerra.

Nuestra historia es un ciclo de odios heredados. La llamada «Patria Boba» no fue más que una lucha fratricida que aniquiló el sueño libertario del 20 de julio y facilitó la reconquista realista; debieron transcurrir nueve años para que el genio de Simón Bolívar sellara el triunfo definitivo. Más tarde sobrevino la Guerra de los Mil Días, ese conflicto absurdo donde, mientras los colombianos se mataban entre sí, el mundo nos arrebataba a Panamá.

Surgieron entonces los partidos. Y el nombre les encaja con precisión: han sido los encargados de «partir» el alma nacional. Mientras el pueblo se inmolaba por un color, sus dirigentes brindaban con whisky en Londres. Hoy, la pugna por los privilegios del poder continúa. Aquellos llamados «políticos» siguen prometiendo puentes donde no hay ríos —como bien sentenció el maestro Arnulfo Briceño en su emblemática canción «¿A quién engañas, abuelo?»— y han atizado un odio sectario que se propaga como un incendio forestal en el corazón de los ciudadanos.

Es desolador ver a esposos enfrentados por posturas ideológicas o a amigos entrañables distanciarse entre recriminaciones en reuniones que terminan en la ruptura. Entretanto, la clase política se ufana de su poder y disfruta de privilegios obscenos, frutos de negociados fraudulentos que el pueblo, dividido, no alcanza a cuestionar.

Pero este cáncer no es exclusivo de la política. El sectarismo ha infectado el deporte, donde la pasión por un equipo se torna en ataques letales contra quien porta la camiseta contraria. Se manifiesta en el fanatismo religioso, que deriva en una discriminación inhumana, y en el racismo egoísta que segrega y excluye. Incluso en empresas y agremiaciones se crean bandos polarizados que, en lugar de sumar esfuerzos, multiplican las distancias.

La verdadera amistad y la fraternidad deben prevalecer sobre estas costumbres sectarias heredadas. No existe justificación alguna para que una idea política o una creencia religiosa se antepongan a la hermandad de un vínculo sólido y solidario.

En mi caso particular, como compositor, mi único partido es SAYCO. A mi sociedad autoral le profeso mi gratitud y afecto. Por ello, cualquier actor político que atente contra nuestros intereses societarios es, por definición, un adversario. En la defensa de nuestra casa no importan las tendencias individuales; la solidaridad no tiene color y la unidad debe ser nuestra única bandera.

Es hora de deponer las pseudobanderas del sectarismo en todos los estamentos. Debemos aprender a convivir y compartir en paz, impulsados por propósitos comunes de confraternidad y progreso. Solo así dejaremos de ser un país partido para convertirnos en una nación unida.