Opinión, TOP

El Espejismo de la Función Pública: ANATOMÍA DE LA POLITIQUERÍA

A escojer bien el futuro de Colombia 

José Douglas Lasso Duque

«Cuanto más siniestros son los deseos de un politiquero, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje», advertía con agudeza Aldous Huxley. Esta sentencia define con precisión el abismo que separa la verdadera vocación de servicio del ejercicio rastrero de la politiquería.

Corrupción del Ideal

La politiquería no es otra cosa que la degeneración de la actividad política; es el arte de la intriga y la bajeza. Se manifiesta cuando el aparato estatal y el poder social se desvían de su cauce natural para ponerse al servicio de intereses particulares, clanes o grupos económicos. El politiquero profesional es un maestro del engaño: manipula y abusa del poder mientras proyecta una imagen de falsa pulcritud.

Su estrategia más insidiosa es convencer a la ciudadanía de que la política es, por naturaleza, «sucia». Al fomentar este desprecio, logran que la sociedad se vuelva pasiva y renuncie a la participación, dejando el campo libre para que ellos saqueen los recursos del país sin resistencia alguna. No hay nada más deleznable que disfrazar la ambición personal con el lenguaje de la colectividad.

Traidores y Embajadores

El escenario electoral revela la verdadera cara de esta patología. Durante la campaña, el rival es el «enemigo de la patria» y cualquier aliado que cambie de bando es tildado de «oportunista o vendido». Sin embargo, una vez se consolidan los resultados, el discurso se transforma mágicamente: el antiguo rival acérrimo no duda en aceptar embajadas o representaciones internacionales bajo el mando de quien ayer despreciaba.

En este teatro de mimetismo, la regla es clara: «Si lo hace el otro, es politiquería; si lo hago yo, es patriotismo». La realidad es que estos actores no luchan contra la corrupción, sino contra la competencia. Se oponen a la politiquería ajena no por una cuestión ética, sino porque esta reduce su propio espacio de maniobra, bajo la cínica premisa de que «si no me lo robo yo, alguien más se lo robará».

Política vs. Politiquería

Es imperativo trazar una frontera innegociable entre el politiquero y el político:

Es un subproducto degradado que se nutre del oportunismo, la intriga, el inmediatismo y la ausencia absoluta de ideales. Carece de proyección histórica y se ahoga en la vulgaridad de la maquinación ruin.

Es, por el contrario, una misión trascendental de beneficio público. Su esencia radica en conducir a los pueblos y administrar su patrimonio con rectitud. Su propósito final es la construcción del bien común, el desarrollo integral de la sociedad y la consolidación de una paz cimentada en derechos sociales.

La politiquería critica desde una supuesta autosuficiencia informativa, pero en realidad es ciega a la grandeza. Recuperar el sentido de lo público exige desenmascarar a quienes, con lenguaje pomposo, solo buscan perpetuar el ciclo del despojo.