«Atractivo negocio» para los 296 elegidos. Para muchos participantes, el deseo de poder supera su preparación académica o técnica para ejercer las labores legislativas.
Jorge Giraldo Acevedo
Política
Ante la inminente «avalancha» y «congestión» de aspirantes al Parlamento, el ciudadano colombiano se enfrenta al desafío de reflexionar con rigor sobre el destino de su voto; un sufragio que, por imperativo ético, debe ser «libre, espontáneo, sin ningún tipo de coacción y en forma secreta». Las próximas elecciones legislativas se perfilan como el festín democrático más concurrido de la historia reciente, con un total de 3.231 postulados disputándose apenas 108 curules en el Senado y 188 en la Cámara de Representantes. Con escaños disponibles para menos del 10% de los inscritos, bien podría parodiarse el título de la canción de la inolvidable Celia Cruz: «no hay cama para tanta gente».
Colombia respira hoy un ambiente de «festín de la democracia», concepto respaldado por diversos analistas. Esta verdadera «avalancha de candidatos», como la definió el columnista de El Tiempo, Luis Noé Ochoa Galvis, se suma a la «congestión de aspirantes» señalada por el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal. Con un censo electoral de 40.036.238 ciudadanos aptos para sufragar —incluyendo a más de un millón de colombianos en el exterior—, la jornada del domingo 8 de marzo se anticipa como la más reñida en las últimas décadas del país.
La ambición tras el escaño
Este fenómeno de sobrepoblación en las listas, amparado en la Constitución Política, obedece muchas veces a una desmedida ambición de figuración y al hecho de que la política se ha consolidado como un «atractivo negocio» para los 296 elegidos. Para muchos participantes, el deseo de poder supera su preparación académica o técnica para ejercer las labores legislativas.
El incentivo es claro: quien resulte elegido disfrutará de privilegios envidiables, tales como más de seis meses de vacaciones anuales, magníficos ingresos mensuales, gastos de representación, primas jugosas y viajes internacionales en condiciones de privilegio. En definitiva, una posición de «poder, mucho poder». Mientras el festín avanza entre la «avalancha» y la «congestión», el ciudadano de a pie solo espera que las promesas se traduzcan en realidades y que el proceso culmine sin los excesos de la estigmatización y la polarización que tanto daño le hacen a la nación.