Robin Prieto
En el invierno de 1895, en un rincón de la Universidad de Würzburg, la ciencia cambió para siempre por un destello accidental. El físico alemán Wilhelm Conrad Röntgen, mientras experimentaba con tubos de rayos catódicos, notó que una pantalla fluorescente emitía un brillo tenue a pesar de estar aislada de la luz visible. Aquella radiación desconocida, bautizada provisionalmente como «rayos X» debido a su naturaleza enigmática, poseía la asombrosa capacidad de atravesar la materia opaca. El 22 de diciembre de ese año, la historia quedó sellada con la primera radiografía: la mano de su esposa, Bertha, revelando la estructura de sus huesos y el contorno de su anillo nupcial.
La impresión en la comunidad internacional fue inmediata y profunda. Por primera vez, la humanidad podía «ver» el interior del cuerpo vivo sin el trauma del bisturí. En cuestión de meses, médicos de Europa y América adoptaron esta tecnología para diagnosticar fracturas y localizar proyectiles, convirtiéndola en una herramienta de supervivencia crucial durante la Primera Guerra Mundial. No obstante, el brillo del descubrimiento tuvo su sombra: el desconocimiento inicial de los riesgos biológicos de la radiación causó lesiones y enfermedades en los pioneros, lo que obligó a forjar las estrictas normas de radioprotección que hoy rigen la práctica clínica.
A lo largo del siglo XX, la técnica evolucionó desde los rudimentarios tubos de vacío hasta el perfeccionamiento del tubo con filamento de tungsteno de William David Coolidge en 1913. Este avance otorgó estabilidad y nitidez a las imágenes, sentando las bases para hitos posteriores como el desarrollo del primer escáner de tomografía computarizada (TC) por Godfrey Hounsfield en 1971. Hoy, la era digital ha sustituido las antiguas películas por detectores de alta sensibilidad que reducen las dosis de radiación y permiten una visualización tridimensional del organismo humano con una precisión sin precedentes.
Röntgen, galardonado en 1901 con el primer Premio Nobel de Física, no solo entregó una herramienta diagnóstica; extendió la mirada médica hacia lo invisible. Desde la radiografía simple hasta la radioterapia contra el cáncer, la radiación «X» ha redefinido nuestra percepción del cuerpo y la enfermedad. Tras más de un siglo, aquel hallazgo fortuito permanece como el pilar fundamental de la imagenología moderna y uno de los hitos más trascendentales en la historia de la ciencia.

